sábado, enero 03, 2026

Obsequios de Rojas Garciadueñas

 











No sé desde cuándo —aunque supongo que lo hizo en los años finales de su vida—, mi amigo David Lagmanovich (1927-2010) dispensaba a sus cercanos, como presente navideño, un pequeño libro. Fui receptor de dos títulos que me llegaron por la vía postal desde San Miguel de Tucumán, en el noroeste argentino, hasta Torreón, en el centro-norte mexicano. Eran publicaciones bien cuidadas en lo tipográfico, no ostentosas, más bien austeras aunque sumamente dignas porque además de su cuidado editorial, el contenido estaba a la altura de todo lo que escribía David: era excelente.

Al recibir tales obsequios decembrinos quise suponer que en algún lugar del mundo quizá era costumbre que los escritores hicieran eso: en vez de regalar corbatas o bolígrafos, preparaban con tiraje corto algún librito de su autoría como prenda de amistad en las épocas más propicias al deseo de amor y paz a los hombres de buena voluntad. David era cosmopolita, así que tal vez en algún sitio tocado por su trashumancia vio la idea y la puso en práctica, supongo, en la última década de su vida, o tal vez la idea le surgió sola, lo ignoro y para el caso da igual saberlo.

Introduzco con la historia de mi amigo y sus regalos bibliográficos porque en la reciente FIL me topé con un libro curioso en el pabellón de la UAM. Es, de José Rojas Garcidueñas, Historia de un tipómetro y otros papeles de bibliófilos (UAM, 2025, 128 pp.), libro en formato cajetilla de cigarros, muy limpiamente editado, como todas las publicaciones de la Autónoma Metropolitana.

De José Rojas Garcidueñas (Salamanca, Guanajuato, 1912- Ciudad de México, 1981), sólo había leído, y esto hace mucho, Cervantes y don Quijote, un libro de la colección SEP Setentas que conservo. La solapa apunta que fue narrador, académico y profesor universitario. Fue director de la Escuela de Filosofía y Letras de la Universidad de Guanajuato, abogado del Departamento Jurídico de la Secretaría de Asistencia Pública e investigador del Instituto de Investigaciones Estéticas de la UNAM. Perteneció a la Sociedad de Geografía y Estadística, a la Academia Mexicana de la Lengua y a la Association Internationale des Critiques d’Art. Entre sus estudios y obras literarias se encuentran El teatro de la Nueva España en el siglo XVI, Presencias de Don Quijote en las artes de México, Anécdotas, cuentos y relatos, Salamanca: recuerdos de mi tierra guanajuatense y El erudito y el jardín.

Publicado cuando la UAM fue invitada de honor de la Feria Internacional del Libro de Guanajuato 2025, el libro reúne ocho de los 19 textos que el guanajuatense Rojas Garcidueñas publicó como regalo navideño. Lo hizo año tras año desde 1947, y el sistema en algo se parece al adoptado por mi amigo argentino. Si no fuera por las limitaciones de presupuesto que nunca faltan, yo lo asumiría, pues quien escribe suele no tener dinero ni nada que dar, salvo sus palabras potencialmente impresas.

Los ensayos contenidos exhiben una temática variada, aunque casi toda relacionada con los libros. “Historia del tipómetro” describe, hiperbolizada, la situación que tal vez vivió su autor cuando pidió ese objeto en una oficina de gobierno donde debía editar libros: nadie sabía que era eso y para comprar la herramienta se vivió un trámite burocrático digno de parábola kafkiana. El tipómetro es, o era, una regla metálica usada específicamente en los talleres de impresión, no una regla cualquiera.

En “El hallazgo del crítico” el autor parodia al investigador obsesivo por revelar al mundo un descubrimiento, en este caso, apenas, como posible tema a explorar. Es verdad que el mundo académico vive bajo el yugo de la originalidad, tanto que es un crimen de lesa investigación abordar lo ya abordado por otros, de allí el imperativo de atender “el estado de la cuestión”. Bajo esta idea, los estudiosos a veces trabajan sobre la indagación de minucias que terminan siendo un tanto cómicas en su incontrovertida originalidad.

Un relato igualmente irónico es “El heraldista”, donde Garcidueñas sonríe con los afanes de quienes trabajan a fondo con su genealogía y anhelan sumar apellidos campanudos a su pasado y, sobre todo, a su escudo de armas y a todos los elementos que sirven al prestigio del linaje, como los sellos empleados años ha para imponerse en el lacre de las cartas. Miguel, “el heraldista”, se lleva una sorpresa al terminar el burilado de su sello, la peor que se puede llevar quien vive en el esmerado riegue de su árbol genealógico. Casi no es necesario añadir que empleo la palabra “riegue” en su sentido mexicano.

El texto con más sabor a cuento-cuento es “Relato de las Islas Mistrocks”, que además es, por mucho, el más largo. El protagonista narra sus encuentros con un tal Stevenson, marinero. Lo conoce en el trópico mexicano y luego, asombrosamente, lo reencuentra en Camden, Nueva Jersey. Intercambian anécdotas y el susodicho Stevenson, que es marinero, le narra la historia fantástica de las Islas Mistrocks, un pequeño archipiélago siempre cubierto por neblina en el que habitan personas sin sombra. Al final, como cierre se plantea que algunos sujetos de las islas anebladas compran su sombra y migran a Estados Unidos. Aquí aparece un resumen con algo de moraleja contra el capitalismo depredador, lo que por otro lado no es improcedente porque en efecto el capitalismo crudo ha evidenciado una capacidad de daño al que le bastaron dos siglos para tenernos al borde de la distopía.

En el texto anterior el autor parece separarse del tema de la bibliofilia, que reaparece en “Un manuscrito de Luis G. Urbina”. Cuenta Rojas Garcidueñas que en una librería de viejo encontró cierta edición de Mimos, librito de Marcel Schwob. En sus páginas finales, casi en la guarda, halló escrito a mano unos versos firmados por el poeta modernista. Eran del soneto —excelente, por cierto— “El cofre vacío”. Para los bibliófilos, lo grato de esta pieza es el recuento del placer que es husmear en librerías de viejo y encontrar asombros. También es atendible un pasaje sobre una particularidad que hasta hoy no había pensado: “uno o dos de los comerciantes en libros viejos habían dado en poner firmas y dedicatorias, con nombres de autores o gentes notables, a ciertos ejemplares, para engañar incautos y obtener mejores precios o más fáciles ventas. Claro que si se les preguntaba por la autenticidad de esos autógrafos, los vendedores nunca aseguraban nada, pero en el comprador entraba la duda y con ella la esperanza y, casi siempre, eso bastaba a decidir la operación”. ¿Han sido firmas apócrifas las halladas por mi curiosidad en las librerías de viejo? Rojas Garcidueñas ya me sembró la cochina duda.

El último tranco del libro es “Lectura e imaginación”. Se basa en una anécdota contada por el historiador Luis González: un raro comprador de librería de viejo fue aquel tipo que hurgaba en los montones y se llevaba series incompletas de novelas. Lo hacía para desarrollar un extraño placer: llenar el vacío del tomo faltante con su propia imaginación. No para escribir, sino sólo por el placer por imaginar. Debo decir que por simple obsesión me cuesta acometer la lectura de obras que de antemano no tengo cerradas, completas. Así que no, no es un procedimiento que me atraiga.

El librito, esta cajetilla de cigarros de una colección titulada “Gabinete de cultura editorial”, cierra con la reproducción facsimilar de las portadas (ilustradas por el mismo autor) de varios de los opúsculos que año tras año Rojas Garcidueñas regaló a sus cuates. Es, o fue, una buena costumbre que quizá los escritores podríamos revivir cuando no queramos o no podamos obsequiar productos convencionales del mercado.

miércoles, diciembre 31, 2025

Libros 2025 en este espacio

 








Poco más de cien entregas de Ruta Norte atravesaron el 2025 que hoy concluye. De tal cantidad, un número alto se relacionó con los libros que a la par, mientras avanzaban los meses, fui leyendo con el fin de comentarlos para alimentar este espacio. Como en otros años, no me ceñí a las novedades editoriales debido a una razón simple: por economía y sobre todo por rechazo a la veneración de lo recién cocinado. En una palabra, no soy habitué de las mesas de novedades.

Lo que leo y sobre lo que después escribo es, pues, viejo, y esto lo he justificado por la noción de valor que atribuyo a los libros que sin haber salido hace dos días son meritorios y ahora asequibles en sencillas búsquedas de internet, de manera que si alguien se interesa por un libro aquí sobrevolado, no es difícil hallarlo en las decenas de webs disponibles para la compra en línea.

Aunque son varios más, destacaré en esta última columna del año sólo un libro por mes entre los comentados durante 2025, de enero a diciembre. Arranqué el año con Ser escritor, de Abelardo Castillo, una espléndida compilación de apuntes sobre la vida literaria. En febrero trabajé sobre un libro parecido al anterior, e igual de valioso: Sin trama y sin final, del ruso Antón Chéjov. Astillas de hueso, microficciones de la chilena Gabriela Aguilera, fue un libro notable y doloroso abordado en marzo. En abril escribí sobre una pequeña joya de la microliteratura mexicana, Biblioteca mínima, de Alejandro Arteaga. Haiku bonsai, poemario póstumo de mi extrañado Carlos Dariel, fue observado en mayo. Cerré la mitad del año con Una historia de la Guerra Civil que no le va a gustar a nadie, voluminoso resumen de Juan Eslava Galán sobre la pugna que devino feroz dictadura para España.

En el año leí tres o cuatro libros de Alfonso Reyes. El de julio fue Libros y libreros de la antigüedad, repaso histórico sobre la producción y circulación de libros en el pasado algo remoto. En agosto, un gran libro de cuentos alemán: Crímenes, de Ferdinand von Schirach. Algunos esbozos sobre el Quijote aparecieron en septiembre. En octubre seguí por ese rumbo con Cinco ensayos sobre el Quijote, de la maestra Margit Frenk. En el revolucionario noviembre leí una breve biografía titulada Martín Luis Guzmán, de Julio Patán, y cerré el 2025 con mi comentario sobre Sombra de Raquel, primera novela del lagunero Jorge Luis Gaytán, que tuve el gusto de editar.

En 2026 seguiré con más libros y otros temas literarios y no literarios en este espacio fijo. Muchas gracias por su lectura y que tengan un año espeso de buenas noticias.

Nota. A mi buen deseo de año nuevo esta vez quiero añadir un agradecimiento especial por los doce meses que se han ido. Mi gratitud más sincera para Alejandro Domínguez Montenegro, Yuri Rodríguez Valenzuela, Rodrigo Morales González, Cecilia Cansino, Luis Acosta, Rogelio Zamora Martínez, Antonio Ramos Revillas, Daniel López y Eduardo Martínez Saucedo. Gracias de veras.

sábado, diciembre 27, 2025

Tiranía del smartphone

 







A finales de 2024 publiqué este ensayo en el libro colectivo Tumultos en el laberínto inmaterial. Redes sociales y mutaciones de la vida cotidiana. Apareció con el sello de la Ibero Torreón, y fue organizado por el taller de periodismo que yo coordinaba en esa institución. El título completo de mi ensayo es "Tiranía del smartphone. Fragmento, intimidad, autodelación y consumo en las redes", un título que se hizo largo porque el texto quiso y quiere ser abarcador. El libro colectivo donde aparece está en la web de la Ibero Torreón; se puede acceder a él pulsando esta liga.

Tiranía del smartphone. Fragmento, intimidad, autodelación y consumo en las redes

Jaime Muñoz Vargas

Quizá sin reparar demasiado en ello, como si se tratara de un fetiche más en la historia de la civilización, fuimos testigos de la aparición del más influyente invento en la historia humana de los últimos tres mil años. Desde la creación de la escritura (que los especialistas ubican hacia el año 3000 antes de Cristo) nada había sido tan trascendente para modificar la relación del ser humano con la realidad. Se dirá, porque lo fue, que, además de la escritura, la imprenta trajo consigo una revolución, y sin duda esto es cierto. Del libro copiado a mano, uno por uno, pasamos al libro multiplicado por decenas, incluso por miles, mecánicamente. Fue una revolución en términos cuantitativos que trajo consigo otra, de orden cualitativo, cuya fuerza modificó, con la lectura, la subjetividad de mayor número de personas. Sin embargo, por más que en términos poéticos digamos que “nos” habita, que es un “ser vivo”, que “habla” y nos “mira”, el libro es un objeto inerte, una cosa que, como en el soneto de Borges, no sabe que existimos, al igual que todas “Las cosas”:

El bastón, las monedas, el llavero,

la dócil cerradura, las tardías

notas que no leerán los pocos días

que me quedan, los naipes y el tablero,

un libro y en sus páginas la ajada

violeta, monumento de una tarde

sin duda inolvidable y ya olvidada,

el rojo espejo occidental en que arde

una ilusoria aurora. ¡Cuántas cosas,

láminas, umbrales, atlas, copas, clavos,

nos sirven como tácitos esclavos,

ciegas y extrañamente sigilosas!

Durarán más allá de nuestro olvido;

no sabrán nunca que nos hemos ido.

Con su silencio hecho de tinta y papel, el libro cambió el rumbo de la humanidad, pero jamás tuvo el poder de ser ubicuo ni, sobre todo, de espiarnos: por más alto que fuera su tiraje, un volumen no tenía en acto ni en potencia la capacidad para estar en todos lados, y de hecho tal es la razón por la que ha caminado en la historia, hasta hoy, como objeto vinculado, al menos simbólicamente, con las élites. Tuvo y tiene asimismo —Piglia habla de la biblioteca como una forma de la biografía— la capacidad de resguardar delatoras notas a mano de los lectores, pero esto como acto voluntario y limitado, casi podría decirse que precario en el volcamiento de la autoconfesión.

Con la aparición, primero, de internet, y particularmente con el desarrollo del smartphone y las redes sociales, esto entre 2004 y 2010, se llegó a un punto que seguramente será superado, pero que de momento da la impresión de ser avasallante por sus capacidades multiplicadoras de cualquier información, por su omnipresencia, por la facilidad de su manejo y, principalmente, porque, a diferencia del libro y otros objetos, el smartphone y las redes tienen el poder de escucharnos, de vernos, de penetrar hasta las capas más profundas de nuestra conciencia y apuntalar, con la información sin límites que acumulan, la potencialidad del dispositivo como invasor de subjetividades y reproductor de actitudes acríticas y dóciles ante las dinámicas del consumo global. El smartphone es la más poderosa herramienta de generación informativa y de control creada hasta ahora por la humanidad.

El presente acercamiento desea sobrevolar tres realidades vinculadas con el uso de las redes y el smartphone, las tres apoyadas en lo que a su vez han reflexionada sobre el caso algunos pensadores de la actualidad: 1. La irrupción del teléfono inteligente, el imperio del fragmento y la intimidad como espectáculo; 2. El espectáculo como garante de la alienación en la era del vacío; y 3. El consumo y la vigilancia. Al final trataré de enlazar estos puntos en un solo ejemplo concreto de producto “viral” que de alguna manera supone la presencia de los tres factores enunciados.

Este tanteo sólo es, claro, una generalización. El tamaño del fenómeno es tan grande que en el puñado de páginas que viene sólo es posible atisbarlo de bulto, sin mucha precisión, como quien de lejos pinta una montaña en un cuadro impresionista. Son abundantes los estudios que han hilado fino al respecto, y junto con mi exposición acudiré a la autoridad de algunos estudiosos que de verdad nos pueden orientar en la jungla informativa de internet y, en particular, de las redes y el smartphone, su tótem. Las referencias documentales quedarán en el camino, no al final.

Smartphone y fragmento: la realidad como pedacería banal

¿A cuántos mensajes generados por otros estamos hoy expuestos en un día cualquiera de nuestras vidas? Junto a las conversaciones cara a cara, el programa de radio o la publicidad que miramos mientras vamos en el auto, da la impresión de que los mensajes disponibles en el teléfono celular son tantos que muchas veces ni los atendemos o apenas les dedicamos dos segundos antes de que el dedo los desplace en la pantalla táctil. Desde los ochenta, ya el zapping nos había inclinado a eliminar rápido lo que, tras un juicio velocísimo, no nos atraía. En lugar de cuatro o cinco canales de televisión abierta, pasamos a cuarenta, a ochenta de cable, de ahí que nuestra atención tuvo que adaptarse a la elección inmediata. Lo mismo pasó con el periódico: pasamos del diario comprado en casa y recorrido con morosidad, a cientos, a miles de periódicos y revistas disponibles en internet. Aunque en teoría podemos ver y escuchar miles de programas de radio y televisión, u “hojear” en línea miles de periódicos y revistas, la capacidad humana individual no da para tal hazaña diaria. Entonces quedamos a medio camino entre lo mucho y lo poco mediante el consumo de fragmentos, de pedacería que impide la fijación de las ideas y, sobre todo, su profundización. ¿Quién lee hoy un artículo de cuatro cuartillas o un reportaje de ocho páginas en una revista? Ya no digamos un libro. Se afirmará que fulano o zutano, pero es evidente que se trata de la inmensa minoría, pues la actitud abrumadoramente mayoritaria sólo consume mensajes breves y fáciles, y de preferencia “graciosos”, de ahí la eficacia de los memes.

En su libro No cosas (2021), Byun-Chul Han reflexiona sobre el smartphone, adminículo que en gran medida está detrás de varios cambios en la conducta del individuo actual. “En la comunicación digital, el otro está cada vez menos presente. Con el smartphone nos retiramos a una burbuja que nos blinda frente al otro”. A diferencia de todos los demás objetos, éste parece tener “vida” y por ello escuchar hasta los latidos de nuestra conciencia:

Las cosas no nos espían. Por eso tenemos confianza en ellas. El smartphone, en cambio, no solo es un infómata, sino un informante muy eficiente que vigila permanentemente a su usuario. Quien sabe lo que sucede en su interior algorítmico se siente con razón perseguido por él. Él nos controla y programa. No somos nosotros los que utilizamos el smartphone, sino el smartphone el que nos utiliza a nosotros. El verdadero actor es el smartphone. Estamos a merced de ese informante digital, tras cuya superficie diferentes actores nos dirigen y nos distraen.

A diferencia, entonces, de todos los demás objetos, nos acompaña celosamente, igual a una sombra que “Funciona como un confesonario portátil”. En la relación usuario-smatphone se establece pues una vinculación parecida a la libertad, pero que en realidad crea un vínculo de dependencia y control, un sistema en el que dócilmente suministramos datos personales como quien proporciona al celador los eslabones de su cadena:

Plataformas como Facebook o Google son los nuevos señores feudales. Incansables, labramos sus tierras y producimos datos valiosos, de los que ellos luego sacan provecho. Nos sentimos libres, pero estamos completamente explotados, vigilados y controlados. En un sistema que explota la libertad, no se crea ninguna resistencia. La dominación se consuma en el momento en que concuerda con la libertad (el énfasis es mío).

El uso que le damos ha derivado, además, en lo que el mismo Han describe en otro libro como La crisis de la narración (2023), crisis vinculada asimismo a la atención deficitaria, al hecho ya lamentablemente cierto de no atender mensajes con principio, desarrollo y fin, sino flashazos, fragmentos que impiden el discernimiento y la configuración de un pensamiento coherente. Habitamos una era “postnarrativa” en la que ningún relato se sostiene más allá de su utilidad inmediata volcada como entretenimiento, productividad y promoción del consumo. El caso más acabado de la “crisis de la narración” y el triunfo del fragmento y la dispersión son las “historias” de las redes sociales, que muy poco en realidad tienen de “historias” en el sentido histórico —valga la reiteración— de la palabra, pues no narran nada.

Debido al smartphone y a la posibilidad que ofrece para pulverizar los contenidos en microscópicos fragmentos de realidad, y más allá de la enorme cantidad de asuntos que tal bisutería puede ofrecer, es evidente que una ingente masa de contenido, acaso la mayor, se refiere a la vida privada. En El espectáculo de la intimidad (2008) Paula Sibilia analizó exhaustivamente este fenómeno del que ya podemos dudar poco como rasgo característico de nuestro tiempo. La intimidad, defendida antes a piedra y lodo, pasó a ocupar el protagonismo en las redes, de suerte que todo lo bueno, malo, soez, insustancial y banal que puedan generar los usuarios de las redes es exhibido sin discrimen. Del anonimato se pasó a la autorrealización mediante la desesperada captura de likes, una forma de reconocimiento que se basa en el vacío, en el mero hecho de existir que en muy pocos casos termina en la viralidad, a diferencia de lo que pasa con la vida privada de las Kardashian, quienes ganan millones de dólares con la sola mostración de su cotidianidad en reality shows que luego mueven a muchos desconocidos, por imitación, a pretender lo mismo: difundir sus comidas, sus casas, sus amigos, sus fiestas, sus viajes, sus compras, sus cuerpos, su Nada. Pregunta Sibilia:

¿Cómo interpretar estas novedades? ¿Acaso estamos sufriendo un brote de megalomanía consentida e incluso estimulada por todas partes? ¿O, por el contrario, nuestro planeta fue tomado por un aluvión repentino de extrema humildad, exenta de mayores ambiciones, una modesta reivindicación de todos nosotros y de cualquiera? ¿Qué implica este súbito enaltecimiento de lo pequeño y de lo ordinario, de lo cotidiano y de la gente común?

El fenómeno está ya enquistado, tanto que casi no hay usuario de las redes que no haya puesto en práctica la exhibición de sus quehaceres más ordinarios, “el show del yo”, la “construcción” de su visibilidad y el armado a punta de selfies de una “subjetividad atractiva” y siempre disponible, como lo anota Sibilia:

A lo largo de la última década, la red mundial de computadoras viene albergando un amplio espectro de prácticas que podríamos denominar “confesionales”. Millones de usuarios de todo el planeta —gente “común”, precisamente como usted o yo— se han apropiado de las diversas herramientas disponibles on-line, que no cesan de surgir y expandirse, y las utilizan para exponer públicamente su intimidad. Así es como/se ha desencadenado un verdadero festival de “vidas privadas”, que se ofrecen impúdicamente ante los ojos del mundo entero. Las confesiones diarias están ahí, en palabras e imágenes, a disposición de quien quiera husmear; basta apenas con hacer clic. Y, de hecho, todos nosotros solemos dar ese clic.

Esto sería inocuo si no supusiera detrás una maraña invisible de perjuicios, como el colapso de la atención, el vaciamiento de la actitud crítica, la ruptura de los lazos comunitarios reales, la crasitud intelectual, la cocción rápida de noticias falsas, el insulto y la crueldad en todas sus variantes, la vigilancia y el suministro incesante de información para el mercado “que todo lo devora y lo convierte en basura”, entre otros. Sobre la frivolidad en las redes, ya Umberto Eco dijo alguna vez (La Stampa, 2015) unas palabras que corrieron con mucha suerte ¡en las redes!: “Las redes sociales le dan el derecho de hablar a legiones de idiotas que primero hablaban sólo en el bar después de un vaso de vino, sin dañar a la comunidad. Ellos eran silenciados rápidamente y ahora tienen el mismo derecho a hablar que un premio Nobel. Es la invasión de los idiotas”. Por supuesto, el piamontés tuvo adhesiones y repulsas, lo que hizo innegable la importancia del tema bajo la formulación de esta pregunta: ¿la democratización en la producción de mensajes sigue siendo válida incluso a sabiendas de que aliena, divide y viabiliza lo peor del ser humano y sirve en esencia a los intereses del mercado? Dado que tal “democratización” no desaparecerá, la respuesta pasa por la toma de conciencia, un desafío nada pequeño para quienes quieran colocarse al margen de la inercia.

Dieta baja en calorías

El filósofo Guy Debrord describió, en Comentarios a la sociedad del espectáculo (1990) no el auge, sino el pleno asentamiento de la sociedad del espectáculo, que es otra manera de llamar a la comunicación electrónica y sus imágenes como mediadoras entre el poder y quienes lo obedecen. Todo, hasta las guerras y las hambrunas, no se diga el arte, la farándula, los deportes y en general cualquier producto o servicio dispuesto para el mercado, debe ser transformado en show, pasar por las pantallas convertido en entretenimiento, un entretenimiento que en sus entresijos vehicula las órdenes del poder. El capitalismo vio que el sedante de los pasatiempos mediáticos garantizaba la desconexión del ciudadano, su entrega a la tragedia y a la comedia como anulación de cualquier desbordamiento opositor. Todo, así, comenzó a nutrir la voraz maquinaria del show-ideología. Un caso extremo es el peso de Hollywood en el contexto del entretenimiento global, pues sus ídolos son ídolos planetarios que modelan la subjetividad global, pero no es lo único: pasaron a formar parte de la diversión el deporte, la política, la ciencia, la historia, el comercio y, en suma, la vida cotidiana. Cualquier mensaje, para alcanzar el propósito de calar hondo en el público y alienar, debe ser producido con imágenes y sonidos, todo debe resaltar o atenuar según se requiera, y siempre distraer: “El espectáculo [entendido como medio de comunicación que todo lo espectaculariza y todo lo transfigura en herramienta de control] puede dejar de hablar de algo durante días y es como si ese algo no existiese”. No mucho antes de que internet se popularizara (de hecho sus afirmaciones originales datan de 1967), Debord había hecho notar la gravitación de los medios, es decir, del espectáculo, como máscara del poder y no como mero instrumento informativo o relajante: “El gobierno del espectáculo, que actualmente detenta todos los medios de falsificación del conjunto de la producción así como de la percepción, es amo absoluto de los recuerdos, al igual que es dueño incontrolado de los proyectos que conforman el más lejano futuro”. Ese futuro no resultó tan lejano, pues ya en 2024 unas pocas empresas controlan todos los flujos de comunicación y acopio de los datos que se generan en el mundo.

En una línea cercana, Gilles Lipovetsky exploró el tipo de sociedad al que accedíamos cuando se insinuaba la aparición de internet, ya cerca de los noventa. Se dejaba atrás una percepción de la realidad, digamos, más tensa, más solemne, regida por discursos religiosos o políticos que marcaban una relación histórica con el pasado y el futuro, y accedíamos a una era desenfadada en la que la relajación, el culto del ego, la entrega al consumo, el desdén por lo político y el fomento a la perpetua juventud, entre otros tics, se convirtieron en modelo de comportamiento. En La era del vacío (1983) destaca la emergencia del humor como hilo en el que se engarza la producción actual de mensajes (como los publicitarios). Todo ha sido permeado, de modo que

Incluso las publicaciones serias se dejan arrastrar por esa moda: basta con leer los títulos de los periódicos, las revistas, e incluso los artículos científicos o filosóficos. El tono universitario deja paso a un estilo más dinámico hecho de guiños y juegos de palabras. El arte, adelantándose a las demás producciones, ha integrado desde tiempo atrás el humor como una de sus dimensiones constitutivas: imposible de evacuar la carga y la orientación humorística de las obras, con Duchamp, el anti-arte, los surrealistas, el teatro del absurdo, el pop art, etc. Pero el fenómeno no puede ya circunscribirse a la producción expresa de los signos humorísticos, aunque sea al nivel de una producción de masa; el fenómeno designa simultáneamente el devenir ineluctable de todos nuestros significados y valores, desde el sexo al prójimo, desde la cultura hasta lo político, queramos o no. La ausencia de fe posmoderna, el neo-nihilismo que se va configurando no es ni atea ni mortífera, se ha vuelto humorística.

Todavía, y más crudamente, nos encontramos instalados en ese vacío inducido en el que el humor ubicuo —el gesto más recurrente de las redes— hace las veces de analgésico para mantenernos atados a alguna forma de consumo, pues ahora todos los caminos, incluidos la solidaridad y la contradicción antisistema, mueven a apetecer, comprar o pagar algo: un libro de Diego Fusaro no es barato; las gorras y los pantalones holgados de los raperos que critican al poder alcanzan precios altos en el mall; el servicio de internet para firmar adhesiones en la plataforma Change no lo regala Telmex; y la lucha para favorecer a los desvalidos necesita convertirse un poco en producto, venderse bien para alcanzar visibilidad y recibir donativos, de ahí que sea imprescindible el altruismo con foto de buen samaritano en Facebook y en Instagram.

El panóptico amable

Reseñé 24/7. El capitalismo tardío y el fin del sueño (2015) en otra oportunidad (agosto de 2024), libro en el que Jonathan Crary señala que a internet sólo le falta conquistar el territorio del sueño para apoderarse completamente del individuo. Ya anda cerca de lograrlo, pues bien sabemos que el smartphone también nos acompaña, no necesariamente dormido en el buró, de madrugada. No sé si me excedí, pero observé que el trabajo, la vigilancia, la televisión precursora del embrutecimiento, el consumo, la desacreditación de las luchas colectivas, el infantilismo, la adicción a las anestesiantes redes y, en suma, “el asalto a la vida cotidiana”, todo apuntala el control y la anulación del quehacer político comunitario (real, no virtual) y la domesticación del individuo convertido en manso usuario de la tecnología digital. Sólo falta por invadir el reacio territorio del sueño, pero hacia allá se encamina el dominio. Si eso se consigue, o si esto ya se consiguió, el neoliberalismo o como queramos llamarlo habrá alcanzado la más alta sofisticación conocida “para la gestión y el control de los seres humanos”, para su conversión en zombis de tiempo completo con el paradójico efecto de que se sientan libres y felices.

Sobre ese extraño control, sobre esa peculiar vigilancia reflexionó Zygmunt Bauman en Vigilancia líquida (2013). Allí, dialoga con David Lyon y describe el paso de la vigilancia según el modelo de Jeremy Bentham y su panóptico a otro de carácter “líquido”, es decir, más amable y casi invisible. Hasta hace poco, las sociedades eran vigiladas, invadida su intimidad/libertad por ojos que las incomodaban. Tal vigilancia detectaba la transgresión a las normas (la resistencia “a ser controlado”) y legitimaba el castigo, como a su vez lo explicó Foucault. Siempre fue, por supuesto, ingrato saberse espiado, pues en algunos casos, como en el de la Inquisición, eran severas las consecuencias si se daba alguna mínima desviación de las prescripciones marcadas por un poder totalitario con ojos humanos para ver y manos para reprimir. La vigilancia ahora se da de manera distinta, como apunta Bauman: “Rastrear los nichos de mercado disponibles (…) ha resultado ser un ámbito especialmente apropiado para el desarrollo de la tecnología de la vigilancia, como hecho a su medida”.

Ocurre ahora que la vigilancia se tornó cordial, tanto que ya ni se nota y hasta ofrece recompensas (likes, por ejemplo) si la aceptamos, si nos exhibimos, si autodelatamos todo lo que hacemos, sea público y privado, y, sobre todo, si consumimos, pues

nunca se le habría ocurrido a Bentham que la tentación y la seducción eran las claves de la eficacia del diseño panóptico para provocar un comportamiento guiado por el deseo. En el modelo panóptico no había zanahoria, sólo palo. Una vigilancia panóptica asume que el camino de la sumisión del recluso pasa por la eliminación de la elección. Nuestra actual vigilancia por parte del mercado asume que la manipulación del gusto (a través de la seducción, y no la coerción) es la vía más segura para llevar a los individuos a la demanda.

Asistimos por ello a la devastación de la privacidad. El mundo académico, periodístico, intelectual y ciertos profesionales oficinescos llegaron al smartphone luego de depender de la computadora de escritorio o portátil; eran vigilados, pero representaban una minoría. Por otro lado, todas las demás personas que se vinculaban a oficios manuales o físicos todavía en los noventa vivían casi ajenos al universo de lo digital, alienados en la producción, y sin solución de continuidad pasaron de la tele al teléfono inteligente, de manera que su uso en esos casos se ciñó de golpe y en masa global a las redes sociales, con las consecuencias hoy salientes de banalidad y despolitización extremas.

Así, más que preguntarnos qué hacemos con el smartphone debemos preguntarnos qué no hacemos con él, pues ya no hay resquicio de la vida que parezca quedar al margen de este aparato. Hasta los actos más íntimos, como defecar, lo implican, y no se diga los aparentemente inocuos como pagar con tarjeta en una tienda (donde de inmediato nos llega la notificación del cobro) o caminar (donde mide nuestros pasos, el tiempo y nuestro gasto de calorías). La información generada y su vigilancia “líquida” (amable) ha dado resultados asimilables al aleph borgeano, un maremágnum de datos que sólo puede ser procesado por otras máquinas más poderosas que al clasificarlo (clasificar es una prerrogativa del poder, nos recuerda también Foucault) facilita dos ejercicios: el de vender y el de vigilar, en el orden que queramos, pues ambos actos son simultáneos. No hace tanto tiempo, vender tenía mucho de intuitivo: se estudiaban los gustos por comunidades, se les ofrecían los productos necesarios o se les inventaban necesidades igualmente vendibles. Intuir ya no es necesario en este momento, pues los gustos y las necesidades se pueden espigar individualmente y sin contacto físico entre el encuestador y el posible cliente, esto gracias al smartphone, herramienta inmejorable para saber qué desea exactamente cada quien y cuáles son sus apetitos más profundos para luego desplegar la oferta ante sus ojos.

En cuanto a la vigilancia, el poder logró neutralizar la oposición política, de suerte que la inmensa mayoría de los usuarios del aparato son inofensivos, meros consumidores que se creen libres e independientes, “dueños” de sus decisiones y a veces hasta inconformes con el statu quo. Hay un microrrelato de Fabián Vique que bordea lo anterior:

Una cámara te apunta al levantarte, una máquina graba todos tus movimientos, todas tus conversaciones, todos tus silencios. Vayas a donde vayas, un ojo electrónico te sigue. Tus palabras, tus gestos, tus pensamientos están registrados en un archivo. Hay miles de millones de archivos. El tuyo, no le interesa a nadie.

En efecto, los “archivos” de la mayoría no le interesan a nadie en particular, pero el egocentrismo, el autoengaño de los filtros fotográficos, el imperativo de mostrar  momentos alegres, la pulverización de la inconformidad, la ubicuidad del chistorete en millones de memes y videos chuscos, la adicción a los likes, toda esta vacuidad se almacena porque al mercado sí le interesa la sumatoria de datos, y no se diga al poder por lo menos a la hora de sondear la opinión pública o escrutar orientaciones del voto en coyunturas electorales.

Hasta la oposición anticapitalista ha llegado al colmo de la autodelación y por ello de la inocuidad: su crítica (a veces feroz, implacable, intransigente) ha sido canalizada por internet, ¡por las redes!, donde se expiden mensajes explícitos que son meros desahogos, meros puñetazos al aire, la demostración de que el sistema es plástico, hospitalario, acogedor de todo, incluido lo que se opone al mismo sistema que además, así, se garantiza dos ventajas: fortificar su epidermis democrática y operar el control de daños en caso de alguna remota y harto hipotética intentona emancipatoria, de algún propósito de toma del poder real por la vía armada de Twitter o Tik Tok, es decir, mediante una guerrilla que en todo caso lucharía disparando bombones de retórica.

A propósito de la vigilancia de todo y a todos, hace tiempo pensé en las personas que escapan hoy a la vigilancia. En términos cuantitativos son tan pocas que podemos reducirlas a cero: algunos aborígenes de la selva Amazónica, algunos vestigios de la edad de piedra en África, algún ermitaño de hace décadas en los apretados bosques de Canadá. Todos los demás, todos, estamos dentro del radar y tenemos una carpeta con nuestros datos físicos y, asombrosamente, psicológicos. Ni lo más oscuro, oculto y bochornoso se descarta (como nuestras preferencias por tal o cual modalidad pornográfica). En este sentido, ¿vale pensar en la renuncia al smartphone? ¿Quedaríamos al margen de la vigilancia si dejamos de usarlo? Quizá en algo se mitigaría, pero no desaparecería por completo. Por ejemplo, veamos a los parias de la ciudad, esos seres ya locos, desarrapados, presos del vagabundeo y la inmundicia. No tienen casa, comen donde encuentran algo tirado y quizá ya olvidaron hasta sus nombres, además de que nadie los reclama. ¿Ellos están a salvo? No. Aunque son inofensivos para el poder (más bien funcionales a él, como pensó Marx en el 18 de brumario de Luis Bonaparte) y no sirven al mercado, su errancia queda registrada en las cámaras de seguridad del gobierno, de los comercios, de las casas particulares… Cualquiera que salga a la calle existe para la vigilancia de las cámaras, todos cohabitamos hoy en un gran disco duro, hasta los “andrajosos” (lumpen significa andrajoso en alemán).

La joven en la maleta

Las cámaras, ahora en posesión de cualquiera gracias al smartphone, cumplen una cuádruple función: sirven para compartir la vida privada, entretienen, agilizan el consumo y vigilan. Traigo un caso con el que ejemplifico estas tres capacidades en el mismo producto audiovisual. Es el crimen contra Grace Millane, una joven inglesa, quien se citó mediante Tinder con un sujeto que en el primer encuentro la asesinó, la descuartizó en el hotel y la sacó en un par de maletas que después tiró. No es necesario decir mucho, pues con Google se puede dar de inmediato con esta terrible historia. En ella se mezcla la exposición de la vida privada mediante la plataforma Tinder; la vigilancia de numerosas cámaras que registraron a la pareja entrando al hotel, al tipo en el estacionamiento, luego comprando las maletas y una máquina para lavar alfombras, y al final saliendo del hotel con las valijas ya cargadas; el entretenimiento, al convertir este crimen en un fragmento audiovisual disponible en numerosas plataformas para satisfacción del morbo mundial; y, por último, como el fragmento reunió en muchas versiones no sólo las tomas de las cámaras, sino el material asequible gracias a las redes sociales de la joven y a las fotos y notas de la prensa, el caso así espectacularizado derivó en el consumo: si uno desea ver este video en Youtube, hay publicidad previa. Todos los caminos conducen al mercado.

Un párrafo como remate

Entre los dispositivos con posibilidades de conectarse a internet (un monitor de televisión y un refrigerador moderno también tienen esta capacidad) he destacado al smartphone por su tamaño, su peso, su portabilidad y su capacidad de almacenaje de datos, lo que permite llevarlo casi a todos lados. Debido a esto, siempre podemos ver y producir contenido, siempre podemos construir un yo atractivo para los demás y así, en teoría, salir del aborrecible anonimato; lamentablemente, también estaremos vigilados para reforzar nuestra anulación política y nuestro formateo como sumisos e insaciables consumidores. El porvenir no es muy halagüeño que digamos. Como dice Christian Ferrer, en el mundo de la comunicación digital no hay “afuera”, y en el infinito “adentro” ya sabemos qué hay: una máquina perfectamente aceitada para cooptar voluntades, para desarticular la movilización política que apunte más allá de las causas permitidas (salvar de su extinción al perrito de la pradera, ganar la calle con bicicletas, formar comunidades inconexas, recolectar cobijas para los menesterosos, firmar peticiones…) y principalmente para entronizar un mercado global que hoy parece indestructible y no ha dejado espacio de la vida sin permear.

Comarca Lagunera, 24, agosto y 2024

miércoles, diciembre 24, 2025

Viejos y culpables











Seguramente la mayor parte de los viejos que hoy llegarán a la cena de Noche Buena no traen ni un clavo en el bolsillo. Algunos serán salvados por el amor y/o la piedad de hijos y nietos, y otros se las arreglarán con lo que hayan logrado conservar para la última semana del mes y el año, así que no tendrán “felices fiestas” de la misma manera en la que no han tenido feliz vejez con achaques y tensiones materiales para infravivir.

Según la lógica de los manuales de autoayuda, la culpa es de ellos, como lo expone este mensaje distribuido recién en las redes sociales: “El peor error es llegar viejo y sin dinero. Trabajaste toda tu vida, pero hoy no tienes ni para tus medicinas. No es por falta de esfuerzo, sino por falta de planificación. Acumula dinero para tu vejez antes de que sea tarde, porque la juventud no dura, pero el cuerpo no siempre obedece, y el tiempo, aunque parezca lejano, siempre llega. El error no es ganar poco, es gastar como si siempre fueras a tener fuerzas para producir. Hazlo por ti, por no depender, por no rogar, por vivir tu vejez con dignidad y tranquilidad. No pongas tu futuro en manos de tus hijos, del gobierno ni de la suerte, ponlo en tus decisiones de hoy. Porque en la vejez no se necesita lujo, se necesita paz. Y esa paz la construyes hoy”.

Diego Fusaro nos ha advertido que debemos tener cuidado con el discurso de la resiliencia fuera del contexto psicológico (el único donde es válido). Esto ocurre cuando el poder usa la resiliencia como sutil arma ideológica. Tras haber sido desmantelada la organización obrera y la lucha mediante partidos, y en general la combatividad de clase, el sujeto ha quedado a merced de las fuerzas hegemónicas de la economía: se le pueden arrebatar (se le arrebatan ya y se le seguirán arrebatando) derechos en todos los planos. Uno de ellos es el de la jubilación digna. Para lavarse la cara y desviar la atención a otro lado, la estratagema del poder es alentar en el individuo la culpa, la falsa certeza de que su fracaso se debe exclusivamente a él, a que no imprimió el esfuerzo necesario, a que no fue ingenioso, a que algo le falló o a que simplemente la suerte no estuvo de su lado. Es allí donde aparece la resiliencia como herramienta ideológica: los desórdenes de la estructura social y económica se interpretan no como anomalía socioeconómica, sino como oportunidad para “reinventarse” y, ahora sí, triunfar en la vida; dicho de otro modo, hay que adherir a la cultura del echaganismo y no mirar más hacia los lados, como individuo solo en el universo. En una palabra, se plantea una solución individual, biográfica, a un problema sistémico. El sujeto que llegó a la vejez con baja pensión o peor, sin pensión, es culpable individualmente de su situación, de ahí que el consejo sea que el individuo como tal, como individuo, luche en su juventud para no vérselas negras en la tercera edad. ¿Por qué mejor no organizar a los trabajadores para que luchen desde ya colectivamente por sus derechos? ¿Por qué mejor no crear en ellos consciencia de clase para que no sean multitudinariamente esquilmados? ¿Por qué no se les comparte un ABC sobre la necesidad de pelear en vez de resignarlos a una lucha individual que sin remedio (porque no todos pueden “triunfar” en un despiadado sistema de competencia) hundirá a muchos en el camino a la gloria?

En resumen, hay que levantar la guardia ante el dogma de la autoayuda que por definición salva a muy pocos y condena a la mayoría con consejos individualistas que no muy en el fondo son un simple “sálvese quien pueda”, el descarnado lema del tecno y postcapitalismo.

viernes, diciembre 19, 2025

Una (¿primera?) compilación policial













Sabido es que hasta no hace mucho tiempo la literatura policial, detectivesca y criminal (llamémosle provisionalmente de estas tres maneras en consideración a sus vertientes más señaladas) no tenía muchos cultores en México. Puede decirse que mientras en otros países los autores de esta literatura escribían sagas a la manera de Agatha Christie y Georges Simenon, en México no fue sino hasta la aparición de Belascoarán Shayne cuando surgió el primer creador dedicado casi exclusivamente al género: Paco Ignacio Taibo II. Por supuesto que antes lo trabajaron algunos otros escritores como Antonio Helú, María Elvira Bermúdez, Rodolfo Usigli y Rafael Bernal, pero ninguno con un proyecto compacto y seriado al modo del de Taibo II. Esto, lo sé, puede ser debatible, pues Helú había creado veinte años antes a Máximo Roldán, pero, a diferencia de Belascoarán Shayne, no tuvo una secuencia larga de apariciones literarias ni alta gravitación entre los lectores, lo que sí logró Taibo II con su investigador protagónico y sus pesquisas del crimen.

En 1955, hace justos setenta años, apareció publicada por Ediciones Libro-Mex un libro peculiar: Los mejores cuentos policiacos mexicanos. Esta compilación, no necesariamente antológica, fue organizada por María Elvira Bermúdez (Durango, 1916-Ciudad de México, 1988), quien además de prologarla incluyó uno de sus cuentos. Luego del prólogo, la maestra Bermúdez —por cierto duranguense ilustre pero lamentablemente no muy conocida— añadió una bibliografía que es casi nomás una hemerografía. Cita allí, aunque por desgracia sin anotar fechas, una publicación mexicana de índole policial. La mayor parte de los ítems se refieren a cuentos publicados por diversos autores en la revista Selecciones Policiacas y de Misterio. De ella tomó Bermúdez el grueso de los cuentos seleccionados, seis en total, por lo que es lógico conjeturar que, salvo esta publicación, no abundaban los libros del género ni más revistas.

En la nota “El semillero ‘noir’ en México” (suplementó Confabulario, El Universal, sin fecha en línea), Perla Holguín Pérez comparte excelentes datos sobre la revista mencionada. Dice por ejemplo que “Selecciones Policiacas y de Misterio fue la primera revista mexicana dedicada exclusivamente a la narrativa policial y de misterio. En ella se incluyeron tanto cuentos como novelas; comenzó a publicarse en marzo de 1946 y se mantuvo en circulación hasta 1953, posteriormente, con algunos cambios hasta 1961. Fue creada por el escritor, guionista y director cinematográfico Antonio Helú (San Luis Potosí, 1900-Ciudad de México, 1972)”.

Llamar “semillero” a tal publicación es exacto, pues la compilación de Bermúdez casi se nutre de cuentos previamente publicados en aquellas páginas (cuatro de las seis piezas del libro fueron acogidas en su primera aparición por Selecciones…). Llama la atención que la compiladora tome como base para armar el racimo de ficciones casi un solo medio; esto significa que lo policial no tenía mucha salida en otras revistas o libros contemporáneos, lo que de paso mueve a suponer que la reunión elaborada por Bermúdez es la primera de su tipo en nuestro país.

El breve libro (141 pp.) abre con un epígrafe de Alfonso Reyes, quien en el 55 aún vivía (le faltaban cuatro años para morir): “¡Interés de la fábula y coherencia en la acción! Pues, ¿qué más exigía Aristóteles? La novela policial es el género clásico de nuestro tiempo”. Traer estas palabras del polígrafo regiomontano parece un espaldarazo ante la conocida minusvaloración del género policial que todavía se daba aquí en aquella época: si Reyes lo reconoce —parece decir la compiladora—, significa que el género es bueno.

El prólogo de Bermúdez tiene un aire de justificación: se siente en él que además de explicar las características de lo policial, lo válida ante un lector, suponemos, todavía algo rejego para aceptarlo como literatura y no como artificio de segundo orden. “En la epopeya moderna (como tal califica Roger de Caillois la literatura policiaca) el deus es machina que pone en claro todos los enigmas y crea la más pura armonía entre los hechos, las cosos y los seres, encarna en el detective, al que yo una vez consideré también como un moderno desfacedor de entuertos que se arma caballero el emprender la cruzada contra el crimen: ha trocado le lanza per la lupa y el escudo por el revólver, pero continúa siendo un caballero”. Se refiere aquí a la literatura de enigma, sin efusión de sangre, bajos fondos ni tipos duros, es decir, a los juegos de lógica a la manera holmesiana.

Luego, acota (recordemos que explica esto en 1955): “En España y en los países hispanoamericanos el acervo literario detectivesco es muy raquítico en virtud, precisamente, de la ausencia de esas circunstancias [grandes urbes y sofisticados equipos forenses]. Pero, a mi parecer, la subestimación del escritor latino, y en particular, del mexicano, hacia el tema policiaco, tiene causas mucho más profundas: el inglés y el estadounidense tienen para la ley un respeto y una confianza que, sean o no espontáneos y sinceros, marcan siempre su fisonomía colectiva. Cuando son víctimas de un atropello, acuden a la autoridad y dejan a su cargo la reparación del daño y el castigo del delincuente”.

La situación es muy distinta, dice Bermúdez, en nuestros países, tanto que lo policial acá no es literatura digna de “amoroso cultivo”. Añadió: “El latino, el hispano-americano y sobre todos, el mexicano, se distinguen en cambio por un escepticismo sin recato hacia el poder de la justicia abstracta y por un desdén amargo hacia la actuación de los depositarios de la justicia concreta. Para el mexicano, revancha es sinónimo de justicia; y la revancha sólo de sí mismo puede dimanar y convertirse en acto. Por ese motivo, es él en persona quien venga los agravios que le han sido inferidos; y también por esa causa, le tiene sin cuidado la persecución de la justicia”.

Más allá de las puntuales observaciones de Bermúdez, es un hecho que fue hasta los setenta cuando nuestro noir comenzó a despuntar con mayor llegada a los lectores, y no se diga lo que pasó a partir de los noventa con narradores como Juan Hernández Luna y sobre todo Élmer Mendoza, quienes en un momento (vigente hasta la fecha) de inseguridad extrema en el país atrajeron a una legión de escritores que aún hoy escriben, publican, participan en encuentros y ferias, y extraen, con diferente fortuna, jugo al tema de la violencia y las vicisitudes para perseguirla y castigarla, sea legal o ilegal la procuración de tal justicia.

Las piezas engarzadas por Bermúdez muestran una especie de “estado de la cuestión” hasta 1955. “Las tres bolas de billar”, de Antonio Helú (“pionero de la literatura policiaca en México”, según Bermúdez), es un relato que aparece en La obligación de asesinar (1937), quizá uno de los primeros libros de cuentos policiales mexicanos, si no es que el primero. Su trama es un poco enredada e inverosímil, pues aborda un triple asesinato en la sede de un YMCA, dentro de su área de juegos. Matan a unos sujetos con bolazos de billar e inmediatamente después del hecho ocurre que Máximo Roldán, quien se encontraba allí, resuelve el caso anudando las pistas que dejó el hecho. Lo importante aquí es el desafío intelectual que plantea la resolución del delito, no el delito en sí, por eso el cuento termina cuando se aclara el enigma sin que importen las consecuencias del desaguisado.

Le sigue “De muerte natural”, de un icono del policial mexicano: Rafael Bernal (Ciudad de México, 1915-Berna, Suiza, 1972), el famoso autor de El complot mongol (1969). Como en el cuento anterior, aquí lo importante es el enigma que resuelve el pintoresco Teódulo Batanes: gracias al fortuito encuentro de una aguja hipodérmica (cuando no eran desechables) y otras pruebas logra descifrar un crimen cometido en una casa de recuperación atendida por monjas. El tono es similar al de Helú, socarrón, como si una muerte fuera el hecho ideal sólo para divertirse con la aclaración del enigma. La trama plantea cierta inocencia, la aclaración de un delito a partir de una causalidad muy próxima a la casualidad.

Más o menos el mismo tono picaresco (por picaresco me refiero al de la picaresca española) de los dos cuentos anteriores tiene “El muerto era un vivo”, que como subtítulo apunta entre paréntesis que se trata de “Una aventura de Péter Pérez, el genial detective de Peralvillo”, escrito Pepe Martínez de la Vega (SLP, 1907-Ciudad de México, 1954). Otra vez, a esclarecer una muerte acudirá el investigador. El tono es de cierta chacota desde el principio y el narrador omnisciente lo sostiene en figuras jocosas aunque gratuitas: “Tras de cerciorarse del nombre de la calle por donde iba, el ciclista se detuvo frente al número 135 y se acercó al timbre eléctrico para hacer lo que los líderes hacen con el obrero a la hora de cobrarle la cuota sindical: oprimirlo”. O: “El espectáculo que se ofreció a la vista de Péter y del sargento era horrible, tan horrible como el mercado de San Juan, pongamos por caso”. Se refiere al crimen de un comerciante en el que Juan Vélez, una especie de Watson chilango que trabaja junto a Péter Pérez, se adelanta y acusa a la esposa del asesinado, pero ya sabemos que no tiene razón, pues el apego al rígido esquema de Conan Doyle reserva el éxito al investigador más ducho, en este caso Péter Pérez, “el genio de Peralvillo”.

“El príncipe Czerwinski”, de Antonio Castro Leal (SLP, 1896-Ciudad de México, 1981), rompe en tres sentidos con la tesitura de los cuentos anteriores. Primero, no es estrictamente policial, sino de espionaje; segundo, no se ubica en la capital de México, sino en Varsovia, Polonia; y tercero, su prosa acusa una textura literaria más refinada, incluso poética, elegante. Tres diplomáticos, uno ruso, otro yanqui y otro mexicano (como en los chistes), hacen amistad en la aburrida capital polaca. Se reúnen en un hotel, donde aparece una mujer hermosísima que es pareja del príncipe Czerwinski. La dama engaña al noble con los tres diplomáticos, aunque en diferentes días, no simultáneamente. Luego acontece que matan al príncipe y los amigos tiemblan ante la posibilidad de ser culpados, pues los tres son amantes escalonados de la misma mujer. El caso no tiene un detective ni una investigación, y se resuelve sin más por intereses de Estado. La estructura del cuento no es la adecuada, pues el asesinato, factor que detona la tensión, aparece muy tarde. El autor se detiene con regodeo en la descripción del ambiente y pasa con dilación al eje de la historia (de hecho, el príncipe del título tiene una participación harto lateral). Pese a esto, es un cuento atractivo principalmente porque disloca la tendencia marcada por los relatos procedentes.

Rubén Salazar Mallén (Coatzacoalcos, 1905-Ciudad de México, 1986) es el autor del quinto relato, “El caso del usurero”. Tiene un tono parecido al de los tres primeros cuentos, y el escenario es de nuevo la Ciudad de México. Desde su arranque se nota de mejor factura, pues ya en su comienzo ha sido cometido un crimen: mataron a un usurero en su oficina. Otra vez, un policía aclara mal el delito, y un investigador ajeno a la estructura oficial se encarga de resolverlo sumando pistas y tejiendo buenas conjeturas. Lo que busca ser exhibido en este cuento todavía es el trabajo de ingenio, la construcción del enigma y su resolución, sin que se vaya más allá en lo social o político. Así, el enigma está como recortado del contexto, es más divertimento que otra cosa.

La última pieza del menú es “La clave literaria”, de la autora de la compilación. Es la última y es la mejor si nos atenemos a las fórmulas del cuento policial de enigma. Salvo por el uso de enclíticos que lo hacen parecer anticuado en el flanco del estilo (“desvióse”, “registróse”), está bien armado y tiene una resolución ingeniosa. El detective es amateur, un periodista que viaja a una pequeña ciudad de Hidalgo. Traba diálogo con el dueño del hotel, un español con inclinaciones falangistas y gustoso de la literatura. A medio cuento, matan al viejo, y el periodista, de apellido Zozaya, descubre al asesino mediante una pista de orden literario (un busto de Cervantes), de allí el título. Una frase del relato llama la atención: cuando el periodista y el español conversan, descubren que ambos tienen gusto por la literatura policial, y el mexicano pondera las historias del género con estas palabras: “Algunas no son tan corrientes como se supone; además, la lucha contra el crimen es siempre apasionante…”. Destaco el “como se supone”, una idea que la autora pone en boca de su personaje.

Más allá de la calidad que hoy puedan tener las piezas de Los mejores cuentos policiacos mexicanos en la percepción de los lectores, es meritorio que la compiladora/autora María Elvira Bermúdez haya armado y prologado este librito extraño, quizá la primera reunión de cuentos de su tipo publicada mucho antes de que el noir llagara a gozar de una especie de boom en nuestro país.

La maestra Bermúdez, no es ocioso traerlo aquí, publicó otra compilación en 1989, póstuma y también prologada: Cuento policiaco mexicano: breve antología (Premiá), pero esta es otra historia. La autora fue ensayista y narradora. Creció y radicó en la Ciudad de México. Estudió Leyes en la Escuela Libre de Derecho. Fue actuaria de la Suprema Corte de Justicia; secretaria de Acción Social del PRI; profesora de enseñanza especial de la SEP. miembro de la Asociación de Escritores de México y del Instituto Internacional de Literatura Iberoamericana. Colaboró en América, Cuadernos Americanos, Diorama de la Cultura, El Nacional, Excélsior, México en la Cultura, Nivel y Revista Mujeres. Medalla Magdalena Mondragón 1983. Escribió algunas notas preliminares y prólogos para la colección “Sepan cuantos...”, de Porrúa, de la narrativa de Arthur Conan Doyle, Julio Verne y Edgar Allan Poe.

miércoles, diciembre 17, 2025

Doce locuciones raras

 











Hay en el español algunas frases adverbiales o con valor adjetivo o preposicional que aparecen sobre todo en la expresión culta, aunque no únicamente. Unas son algo raras, otras no tanto, pero de sentido extraño si las miramos muy de cerca. Creo que no está de más tener en cuenta su rareza y, en algunos casos, su empleo correcto en la escritura formal. Van doce.

A pie juntillas. Locución adverbial. Hacer y pensar algo de manera estricta. “Siguió a pie juntillas el manual”. Es menos común encontrarla dicha o escrita en plural: “A pies juntillas”.

A regañadientes. Loc. adverb. Hacer algo con disgusto, enojo o forzosamente, refunfuñando. “Trabaja en ese nuevo empleo a regañadientes”.

Al alimón. Loc. adverb. Hacer algo junto a otro u otros. “María y yo trabajamos al alimón para terminar el trabajo”. En la pronunciación suele parecer que dice “A la limón”, pero esta escritura es incorrecta.

Al garete. Loc. adverb. A la deriva, sin control. “Desde hace dos años el gobierno del municipio está al garete”. Esta expresión proviene del lenguaje náutico.

Al socaire. Loc. adverb. Bajo la protección o amparo de alguien o algo. “Se hizo rico al socaire de su abuelo”. Esta expresión proviene del lenguaje náutico.

Contante y sonante. Loc. adj. Se refiere al dinero cuando se puede contar y suena: “Trajo monedas contantes y sonantes” (no es “constantes”, como erróneamente muchos suelen decir y escribir).

Cuantimás. Adverbio. Usado en México “contimás”, como lo hace Rulfo en Pedro Páramo. Luego de afirmar algo, se usa para ponderar lo dicho con otra afirmación que le sigue inmediatamente: “Confío mucho en mi padre, contimás en mi madre”.

En cierne. Loc. adverb. En sus inicios. “Roberto es un abogado en cierne”. Más común es leerlo y escucharlo “en ciernes”, plural, pero basta su empleo en singular.

Motu proprio. Loc. adverb. Significa hacer algo por iniciativa y medios propios. “Proprio” lleva una erre, no es “propio”. “Vino motu proprio, no le avisamos ni le pagamos el viaje”. También es común añadir la preposición “de (motu proprio)”, pero no es necesaria.

So color. Locución preposicional. Con pretexto o disimulo. “So color de amistad, entró a la fiesta”.

So pena. Loc. prep. Bajo la amenaza de. “Hizo la tarea so pena de reprobar”.

So pretexto. Loc. prep. Bajo el pretexto. “Desertó de la escuela so pretexto de que le aburría”.

sábado, diciembre 13, 2025

Literatura lagunera: conferencia completa










Conferencia completa titulada “Medio siglo de literatura lagunera. Hitos y pendientes”, que en julio ofrecí en Durango (Feria Duranguense del Libro) y en octubre en Torreón (La Tinta Cafebrería). En este espacio ya había publicado un fragmento. Va aquí el texto completo al que le faltan las imágenes que proyecté de modo presencial, además de los gestos y los énfasis que sin remedio se pierden en la exposición escrita:


Medio siglo de literatura lagunera. Hitos y pendientes

Jaime Muñoz Vargas


Preámbulo necesario

De entrada, una pregunta retórica: ¿por qué el título de esta anotación se refiere a medio siglo? ¿Antes de 1975 no había literatura en La Laguna? Por supuesto, sí la había. No mucha, pero la había. Hacia mediados de los setenta destacaban varios escritores locales, todos con poca o nula proyección nacional. Eran escritores que desde su juventud, en la década de los cuarenta, se habían hecho notar como poetas o ensayistas sobre todo en las páginas de nuestros diarios. Las dos o tres librerías de viejo que todavía existen en Torreón dan fe, por los ex libris, de que aquellos autores tenían bibliotecas muy decorosas, y varios acometieron la publicación de sus propios trabajos en ediciones presumiblemente pagadas y cuidadas por ellos mismos, y es muy probable que su repercusión en la vida cultural de la comarca no haya pasado de los círculos sociales en los que se movían.

El producto más notable de aquella época —estoy hablando de los cincuenta y los sesenta—, fue la revista Cauce, alimentada y editada por el grupo organizado bajo mismo nombre. Su periodicidad era variable, como ocurre con casi todas las publicaciones culturales de provincia, y sus contenidos se ceñían al tratamiento de temas literarios o filosóficos, comentarios sobre libros, poemas y textos en prosa que no llegaban a ser cuentos. El mayor logro de Cauce fue recoger material de y sobre Pedro Garfias, quien vivió un breve periodo de su vida en Torreón.

En la década de los setenta, los integrantes de Cauce, quienes se dedicaban a la docencia, al periodismo o a profesiones cercanas al derecho y la administración, ya eran hombres entrados en años, y colaboraban con artículos y columnas en la prensa local, con poca producción bibliográfica. Aunque no en todos los casos, sus trabajos literarios no eran ingenuos. Tenían, sin embargo, un cierto tono oratorio, muy solemne, a veces con demasiadas concesiones al color local y una mirada conservadora. Sus modelos no eran malos, sólo algo anticuados. Digamos que en el caso de la poesía, por ejemplo, Darío o Nervo todavía andaban por allí, en sus creaciones. La idea del verso medido y rimado marcaba a fuego su labor literaria, y con dificultad se animaron a la práctica de la narrativa, por eso no les heredamos cuentos ni novelas.

Nuestra región no tenía un movimiento literario efervescente, pero algo había y se manifestaba sobre todo en los pocos rincones culturales que ofrecían las páginas de la prensa local. Los nombres que puedo mencionar entre aquellos escritores son Enrique Mesta, Salvador Vizcaíno, Rafael del Río, Emilio Herrera, Joaquín Sánchez Matamoros, Raymundo de la Cruz, José León Robles y algunos más, ninguna mujer. Debo subrayar que Enriqueta Ochoa fue alumna de Rafael del Río, pero su radicación, su formación y lo mejor de su producción ulterior no se dieron en nuestra región, y un desarrollo similar se había dado años antes en las carreras de Magdalena Mondragón y Francisco L. Urquizo.

Reviso ahora, por periodos, cómo avanzó nuestra literatura, el arte que más logros ha dado a La Laguna, lo que es posible probar estadísticamente si nos atenemos a un dato: la cantidad de premios nacionales que ha obtenido en la disciplina. Todo se ha logrado casi desde la Nada, sin muchos respaldos institucionales, a puro pulmón individual.


Los setenta y un taller de arranque

Hacia mediados de los setenta La Laguna tuvo una grata noticia: se había inaugurado la Casa de la Cultura de Gómez Palacio y gracias a esto el INBA, instancia administradora de tales espacios, impulsó varios programas de trabajo en La Laguna. Uno de ellos fue la creación del Taller Literario de La Laguna, Talitla, gestionado por el escritor ecuatoriano Miguel Donoso Pareja, y cuyo moderador fue el poeta zacatecano José de Jesús Sampedro. El Talitla sesionaba cada quince días en dos sedes, las Casas de la Cultura de Torreón y de Gómez Palacio. Allí comenzó a brotar una nueva mirada, con modelos literarios más modernos. Los integrantes de aquel taller no crearon alguna revista sólida ni formaron bloque en algún suplemento cultural de periódico, pero sí comenzaron a escribir de otra manera, más actualizada. Entre sus participantes estuvieron Joel Plata, Antonio Jáquez (quien luego tendría una brillante carrera como reportero en la revista Proceso), Jorge Rodríguez, Rocío Lazalde, Marco Antonio Jiménez y Francisco José Amparán. Los más destacados, pues ganaron premios nacionales y publicaron fuera de nuestro espacio, fueron los dos últimos, autores que ya basaban su escritura en modelos contemporáneos. El caso de Amparán fue tan restallante que se convirtió de golpe en el narrador más conocido de La Laguna en el contexto nacional, esto sin abandonar su residencia en nuestra región. Amparán —o Panchín, como se le conocía— ganaría el premio de cuento de SLP en 1985 y hasta 2010 siguió publicando literatura en abundancia además de artículos para la prensa.

A finales de los setenta se da otro rasgo favorable para la literatura del Nazas: La Opinión, el diario más antiguo de la región, comenzó a acusar en sus páginas editoriales la presencia de colaboradores con una postura más cercana a lo que ya desde entonces se ubicaba bajo el abanico del llamado progresismo. Para identificarse usaron el acrónimo Codeliex (Comité de defensa de la libertad de expresión). No todos eran escritores, pero entre sus intereses intelectuales no dejaban de aparecer el cine, el teatro, la política, la filosofía y obviamente la literatura. El periódico estaba bajo la dirección de Velia Margarita Guerrero, quien tenía una mirada abierta en relación con lo social, de suerte que, entre otras iniciativas, tuvo en sus páginas el servicio informativo de CISA, la agencia informativa de la revista Proceso, fundada en 1976, y la columna diaria de Manuel Buendía.

Había sólo un taller literario y cuatro o cinco librerías; las universidades y los ayuntamientos aún no publicaban nada, pero, pese a esto, los setenta terminaban con buenos augurios para la década siguiente.


Ochenta, todo se acelera

Los ochenta fueron un periodo de aceleración de la literatura lagunera. Hay en estos diez años al menos cinco o seis hitos que bien vale traer acá. Uno de los primeros se dio cuando el ayuntamiento de Torreón comenzó el auspicio de algunas publicaciones en formato de libro. No fueron numerosos, pero al menos determinaron que el presupuesto público destinado a la cultura también podía ser canalizado hacia la publicación. Entre otros, recuerdo la reedición de una novela de Magdalena Mondragón y un breve poemario de Saúl Rosales.

Y a propósito de Saúl, su regreso de 1981 a La Laguna, su tierra, es un hecho bisagra para la literatura lagunera. Había vivido veinte años en la capital del país y tras su vuelta comenzó a proponer un corpus de lecturas que determinaría un salto sustancial y definitivo a lo moderno entre los jóvenes aspirantes a escritores.

Saúl Rosales se reinstaló en La Laguna y comenzó a laborar en el diario La Opinión como corrector de estilo; pronto, también, arrancó su trabajo como profesor en la carrera de Comunicación del Iscytac, universidad privada. Entre 1982 y 1983, junto con Agustín Velarde y Enrique Rioja del Olmo encabezó el proyecto de la Opinión Cultural, suplemento dominical de La Opinión. Ya hacia 1984 asumió solo el trabajo de editor. Se trataba de un tabloide de ocho páginas encartado cada semana entre las páginas del periódico. Este fue un medio de vanguardia en la región, ya que sus contenidos se alejaban de los modelos más o menos asentados entre los lectores. De golpe, aparecieron textos de y sobre escritores que en aquel momento marcaban el tono de la actualidad, de las vanguardias, del Boom. Muchos lectores, entre los que me incluyo, conocieron en aquellas páginas a Mayakovski, Brecht, Faulkner, Cortázar, Vallejo, Borges, por citar sólo algunos nombres que en general jamás habían circulado en la prensa lagunera. Junto con esto, el editor compartía obras de y sobre nuestros clásicos, como Cervantes y Sor Juana. Asimismo, y esto fue el rasgo más relevante del tabloide, las páginas se abrieron a la escritura de muchos colaboradores, la mayoría jóvenes que en aquel espacio encontramos un vehículo para volcar nuestro apetito por publicar lo que escribíamos y en general se apartaba o quería apartarse de la estética todavía predominante en nuestro entorno, la del color local y el verso rimado. En las páginas de aquel suplemento aparecieron los primeros poemas y ensayos de Gilberto Prado, sólo para señalar el caso más saliente de aquella emergencia literaria.

A la par de la Opinión Cultural, Saúl Rosales orientó el trabajo del grupo literario Botella al Mar, al que pertenecí desde su primera reunión. Modestia al margen, fue la asociación de su tipo más destacada de La Laguna en los ochenta, sobre todo en su segundo lustro. Excluyo mis aportes, si es que alguno tuve en aquel momento, pero basta decir que nos convertimos en colaboradores asiduos del suplemento editado en La Opinión y comenzamos a ganar premios literarios. En todo, Gilberto Prado fue siempre el más adelantado: publicó el primer libro del grupo (Exhumación de la imagen, un poemario autofinanciado) y antes de que cerrara la década ganó dos certámenes nacionales de ensayo.

Los ochenta vieron igualmente otros avances. Creció la infraestructura cultural de La Laguna con el rescate y la restauración del Teatro Martínez y poco después la del Teatro Nazas, instituciones que pronto se convirtieron en escenarios de numerosas actividades artísticas. Circularon tres revistas de corte cultural: Suma, de particulares, La Paloma Azul, de la Casa de la Cultura de Torreón, y El Juglar, del Departamento de Difusión Cultural de la UAdeC, y fueron convocados dos concursos locales de literatura: el Magdalena Mondragón de cuento y ensayo propuesto por la UAdeC, y los Juegos Florales del Iscytac para los géneros de cuento, poesía y ensayo; ambos certámenes despertaron fuerte interés en la comunidad lagunera.


Noventa, momento de talleres y revistas

La década de los noventa tuvo en las revistas un enclave importante para la literatura lagunera. En 1990 apareció Brecha, revista que contuvo un suplemento cultural llamado La Tolvanera, que recogió abundantes textos de todos los géneros y sirvió de foro para la literatura crítica y creativa. Poco tiempo después fue lanzada la Revista de Coahuila, que abrió parte de sus páginas sobre todo a la crítica literaria con tendencia a la polémica y a veces al destazamiento. El Teatro Martínez lanzó Estepa del Nazas, revista exclusivamente literaria, que coordinó Saúl Rosales casi desde su arranque hasta 2015. Hacia 1997 salió el primer número de Acequias, revista de la Universidad Iberoamericana cuyos contenidos literarios y académicos se sostienen hasta la fecha. La misma Ibero Torreón comenzó también su trabajo editorial en libros académicos y de creación literaria.

A principios de la década desapareció el grupo Botella al Mar, pero en esos años nacieron otros talleres literarios, como el del Teatro Martínez, el de la UAdeC (que venía de finales de los ochenta) y el de la Ibero Torreón. Estos espacios fueron dinamo de numerosas vocaciones, tanto que allí se formaron escritores que más de veinte años después gozan de lectores y reconocimiento, como Vicente Alfonso, Daniel Herrera, Miguel Báez, Carlos Velázquez, Carlos Reyes, Angélica López Gándara, Idoia Leal, Salvador Sáenz, Daniel Lomas y, mucho más recientemente, Elena Palacios y Alfredo Castro, la mayoría ya publicados al menos una vez por sellos foráneos.

También en este periodo se afianzó el crecimiento de la infraestructura cultural, en donde destaca la articulación del Museo Arocena. El TIM abrió el primer grupo de lectura formal de La Laguna: el Café Literario que hasta hoy sigue en funciones.

 

Nuevo milenio, andanada de libros y de premios 

La llegada del nuevo milenio trajo como noticia literaria para nuestra región un aumento considerable de las publicaciones en libro. El ayuntamiento de Torreón impulsó la edición de colecciones y la Ibero Torreón fortaleció su trabajo editorial; en general, ambas instituciones han continuado, sin solución de continuidad, con esta labor.

Fue creada por aquellos años una Escuela de Escritores encabezada por la escritora Teresa Muñoz, y varios escritores laguneros ganaron importantes premios nacionales. La popularización de internet trajo como posibilidad la creación de blogs, a la que adhirieron muchos escritores, aunque la mayoría pronto los abandonó. Varios escritores de nuestra región, como Gerardo García, Fernando Fabio Sánchez, Édgar Valencia, Gilberto Prado, Vicente Alfonso y Frino, cambiaron de radicación y se fueron a vivir, por estudios o trabajo, a otras ciudades del país o de Estados Unidos y Canadá.

La primera década del nuevo milenio fue en general de asentamiento de lo proyectado al final de los noventa, pero resultó notoria la desaparición o caída en desgracia de las publicaciones periódicas relacionadas con la cultura en general y con la literatura en particular.


Quince años finales

Los quince años que van de 2010 a la fecha han fortalecido el cuerpo disperso pero sólido de la literatura lagunera. No hay grupos destacables, pero las individualidades han ramificado sus logros en varios sentidos: han sido ganadores de muchos más premios y becas, han publicado en sellos comerciales de gran difusión, han obtenido grados académicos de maestría y doctorado y con frecuencia publican en medios de prensa nacionales con gran llegada al lector. Se ha dado el caso, incluso, de que han sido traducidos a idiomas como el griego, el inglés y el italiano. Un ejemplo en el que convergen todos estos méritos es el de Vicente Alfonso, sin duda el escritor que más proyección internacional ha alcanzado en la historia de nuestra literatura.

Dos fenómenos destacables junto a la saludable inercia, aunque siempre insuficiente, de los talleres y las ediciones hemero y bibliográficas, es el de los clubes de lectura que se han popularizado en la región; están configurados sobre todo por mujeres, y poco a poco han asentado este tipo de trabajo literario nada desdeñable en una región con un número siempre escaso de lectores. El otro fenómeno es el de la publicación de autor. Gracias a las posibilidades de la impresión por demanda, que permite tirajes de veinte ejemplares en adelante, muchos escritores han nutrido el ambiente editorial lagunero con sus libros de cuentos, poemas, novelas, ensayos y obras de otros géneros. En esto ha ayudado la aparición de una figura que prácticamente no existía hace veinte años en La Laguna: la del editor, profesión bien asumida por jóvenes como Ruth Castro, Mariana Ramírez, Fernando de la Vara, Germán Cravioto y Nadia Contreras, entre otros.


Algunos pendientes

La Laguna literaria es un bicho extraño. No ha tenido gran apoyo aparte del recibido por los directamente interesados en la lectura y la escritura, pero se mantiene fuerte y rica en propuestas y logros. Todo ha sido fruto de la espontaneidad, más mérito de individuos que de instituciones. No es mala idea pensar que es hora de añadir a los hitos ya citados, muchos de los cuales son un buen punto de partida, otro tipo de realizaciones, para lo cual se requieren las iniciativas públicas y privadas. Por ejemplo, la formalización en el mundo académico de alguna instrucción relacionada con lo literario, el asentamiento de una feria del libro en La Laguna, el impulso a la publicación de más libros y la creación de librerías y talleres en otras ciudades laguneras además de Torreón, nuevos concursos y quizá un encuentro que atraiga personalidades capaces de estimular a los jóvenes escritores de la región.

Se ha logrado mucho casi sin nada, tanto que La Laguna es una rara potencia literaria pese a que se trata de una región sin capitales políticas, pero es un hecho que a todo se podrían sumar nuevos emprendimientos, proyectos que trasciendan lo individual y den por fin un soporte social a la literatura lagunera. Que así sea.