viernes, julio 10, 2009

Cínica demora



Es muy delicado lo que está pasando con la secuela del siniestro en Hermosillo. Dije ayer que parece una sinécdoque (la parte por el todo) de lo que es México, y no me desdigo. La tardía y enredada y tal vez rasurada aparición de la famosa lista tiene flecos comprometedores para dar y repartir. No por otra razón afirmé hace dos semanas que el tema de la guardería estaba más allá de lo trágico, casi como si ese hecho fuera una carta con el estado de salud de la República. Lo más fácil, sin embargo, es caer en abstracciones que nos alejan del punto medular: 48 niños murieron horriblemente debido al desinterés de quienes en teoría los iban a cuidar, y de eso no se ha desprendido ningún castigo ejemplar para nadie.
Si mi opinión sirve de algo, soy de los que sostienen que hay áreas de la vida social en las que el Estado debe intervenir no sólo con laxas fiscalizaciones que por otro lado, lo sabemos, se prestan a cualquier cantidad de enjuagues. Así como el Estado se apropia del uso de la violencia para, al menos en un plano hipotético, imponer el orden, igual debe intervenir en el caso de la salud de los niños de los trabajadores. Ese servicio no puede ser transferido a otros sin riesgo, a menos de que haya una rigurosa, fría y frecuente observación de políticas y lineamientos. En otro terreno, es el mismo peligro que supondría la subrogación de cárceles, por imaginar un espacio igual de comprometedor.
Hay una aceptación tácita de la importancia que tienen las guarderías y su relación con el incendio en la cínica demora que se dio para que compareciera Daniel Karam, director del IMSS. En política, lo que parece casi siempre es. En otros términos, la posposición de esa audiencia pública se debió al uso electoral que podía darse de las listas. La granizada de votos contra el PAN, sin duda, habría sido mayor si salen a la luz los datos del negocio que es la subrogación de guarderías. Asistimos, entonces, a un momento aterrador de nuestra historia política antigua o reciente: 48 criaturas pagan con su vida, y otras más con su futuro, y el acontecimiento pasa de ser asunto judicial a electoral. Sólo en México se puede dar tamaña dislocación de la lógica.
A lo afirmado por José Ángel Cordova, secretario de Salud, respecto a que lo importante es que las guarderías funcionen bien sin importar quiénes son sus responsables, se puede contestar que en este caso el buen funcionamiento de esos espacios depende de la formación, el origen, la capacidad y hasta el talante humano de los concesionarios. Aquí, el dinero para ganar licitaciones no lo es todo, o al menos no debe ser el requisito de mayor peso. Si así fuera, cualquiera que tenga recursos y le quiera entrar al negocio podría hacerse no de una, sino de tantas guarderías como quisiera. Como al final ofrecerán un servicio a niños de muy breve edad, trabajo de suyo especializado, es esencial la calidad humana de quienes recibirán una guardería subrogada. Lo contrario, que es precisamente lo que se está haciendo, es meter en la tómbola a parientes, compadres y amigos que en muchos casos pudieran operar con total o mediana responsabilidad, y en otros, como en la guardería ABC, con el salvajismo sin nombre que implica hacer de cierto bodegón una presunta estancia para niños.
Estamos ya a poco más de un mes del percance. No debemos perder de vista que hasta en eso hay un mensaje, que todo comunica. La tragedia dejó al descubierto una cloaca de intereses y complicidades, y fue usada hasta el último momento como instrumento electoral. Esto significa, en una palabra, que las instituciones no están pensando en la salud, en la educación ni en la justicia, sino en sus beneficios coyunturales y en la preservación de privilegios. Ignoro si pueda haber afrenta peor para un país.

jueves, julio 09, 2009

México es una guardería



Las elecciones del domingo demostraron que México es una inmensa guardería subrogada que va de incendio en incendio. Así como en Sonora se invirtieron las tendencias luego de la tragedia en Hermosillo, en el país fue muy marcado el voto de castigo contra quien ha incendiado al país con una guerra irracional y quién sabe si necesaria, con una política económica que ha convertido al presidente del empleo casi en subempleado del priísmo ganón y, desde el inicio de su mandato, con torpes designaciones en su gabinete.
El usufructo que el PRI ha hecho de la novatez y la perversidad del panismo en el poder no está para disparar ninguna alegría nacional, pues tanto el pinto como el colorado son dos gallos que demostradamente han sabido hacer acuerdos de alternancia o convivencia que no afectan en lo sustancial a las mafias económicas y políticas. Baste decir que Televisa, por señalar sólo un caso, no ve con malas cámaras que llegue uno u otro, siempre y cuando esas dos opciones le cierren el paso a los sectores más amenazantes de la todavía llamada izquierda mexicana. Que pierda el PAN, que gane el PRI, que pierda el PRI, que gane el PAN… mientras así siga el carrusel, los grupos de poder enarbolarán sus triunfos como muy democráticos. Todo depende de quien arruine la guardería nacional: quien lo haga, pondrá en bandeja el triunfo de los “enemigos”.
La lección para quienes, contra cualquier debacle, aún suspiran por un gran y auténtico movimiento de izquierda que represente otros intereses y proponga una política de verdadera depuración es simple: aprender a elegir en las legítimas luchas intestinas, no guiarse por lo que digan los grandes consorcios de la comunicación y tratar de sumarse, en el grado que sea, al activismo por la causa. Suena utópico, pero no hay de otra sopa. Si el perredismo se queda atornillado en la quejumbre por su inepta dirigencia nacional, si se va con la pantalla de los ataques que los medios orquestan para ridiculizar o vapulear movimientos intragables, los resultados en el futuro podrían ser peores que los del 5 de julio. No fueron pocas las voces que se alzaron, por caso, contra el chuchato gandalla y entreguista; muchos militantes, analistas y simples simpatizantes advirtieron que esa dirigencia flácida se desmoronaría como castillo de harina al primer soplido electoral. Y eso pasó. Ortega y sus huestes se fueron abajo, entregaron cuentas paupérrimas, lo que haría prudente su germanización, es decir, que los inmolen como al dirigente del PAN, por incompetentes.
Asimismo, urge una etapa de definición en la parte más rejega del PRD. López Obrador y sus cercanos deben reacomodar las piezas en el tablero, apelar a los principios si los hay, es verdad, pero también acatar el pragmatismo requerido por los tiempos: salir o no salir del PRD, ese es el dilema. Hagan lo que hagan, deben hacerlo ya, sin demoras, pues sigo creyendo que hay muy poco tiempo para reorganizar al único movimiento severa, cínica, brutalmente atacado desde hace algunos años, pero todavía dueño de algún capital político que pueda servir para revivir en el ciudadano la posibilidad de una tercera opción, esa que nunca han dejado crecer los amafiados de las cúpulas para los que la democracia sólo tiene dos cabezas.
Mientas eso pasa, quedan tres años, o poco menos, para que el actual gobierno federal prosiga con el incendio del país. Sin la Cámara, sin la inmensa mayoría de los estados, todo indica que recibirá buen combustible, el suficiente para que sus errores sean cobrados por un priísmo ávido de ver desplomes que otra vez aseguren votos de castigo en abundancia. En síntesis, debemos prepararnos para ver el consabido espectáculo del uso electorero del desastre, la capitalización del incendio nacional a favor de las mismas camarillas de siempre. Lo dicho: México es una inmensa guardería, y subrogada.

miércoles, julio 08, 2009

Vuelve el jurásico



Hace una semana se escuchaban todavía estentóreas las baladronadas internéticas de Germán Martínez. La estrategia ruda, de manita de puerco y agresivo espot, no les sirvió en 2006 ni en 2009, pues en aquella ocasión el PAN logró apenas una pírrica e increíble (increíble no por asombrosa, sino porque muchos no la creímos) ventaja con la que arrebataron la presidencia y ahora, en las elecciones del domingo 5, perdieron casi todo. Lo que queda de ese prematuro naufragio sexenal es ver el aceleramiento de la maquinaria priísta para llegar con todo, como Acereros de Pittsburgh, al anhelado 2012.
La explicación que puedo hacerme de este regreso tricolor al carro (casi) completo es que no se trata de un regreso, sino de algo distinto que no sé cómo definir. Por decirlo de algún modo, es como si el PRI nunca se hubiera ido, y si alguien o algo no se va, es imposible que regrese. O sea, como el legendario dinosaurio, siempre ha estado allí. En apariencia, tras el triunfo de Fox el priato quedó con la mandíbula rota y en la lona, noqueado por los siglos de los siglos. Falso. Fox y el PAN se hicieron de la presidencia, es verdad, pero nunca del Congreso ni, mucho menos, de la mayoría de las gubernaturas. La cosa parecía, al menos, empatada, pero lo cierto era que no, que el PRI siguió teniendo el control casi completo del país, dado que el centro del poder se desplazó del presidente a los feudos estatales, concertados mínimamente por una dirigencia nacional priísta un tanto testimonial, en efecto, pero con la suficiente representatividad como para seguir dando apariencia de cohesión y fuerza partidista.
Aunado pues al poder recién descubierto por los gobernadores priístas —quienes de golpe pasaron a convertirse de marionetas del ejecutivo a seres autónomos en su corral—, Fox hizo de su mandato una farsa que lastimó severamente los principios históricos del PAN. El payaso guanajuatense, embotado (no sólo porque usaba botas, sino) por su repentino poder y su falta de altura intelectual hizo que el tricolor se fortaleciera atléticamente en los estados. Los gobernadores advirtieron muy pronto que la dinámica había cambiado, que apoyados por su dirigencia nacional, pero sobre todo por los recursos propios legales e ilegales podían acomodar piezas en la Cámara y nombrar en cada entidad sucesores cómodos sin la intromisión del centro. El triunfo del PRI el domingo 5 no es el triunfo del PRI nacional, sino de las dirigencias estatales y del apoyo recibido por cada candidato en cada uno de sus feudos. Sonora es un caso anómalo, por lo que ya sabemos; si no hubiera ocurrido ningún incendio, el seguro arrasador en ese estado sería el partido que hizo lo propio en otras cinco entidades donde hubo elecciones para gobernador.
A nadie se le oculta que las elecciones pasadas son apenas un renglón en la épica novela que escribe el PRI para cristalizar su retorno a Los Pinos. Que la boca se me haga chicharrón, pero lamentablemente creo que no queda mucho tiempo ya para que el PRD o el PAN, los dos únicos partidos que podrían dar la pelea, se recompongan y descarrilen un tren que viene a gorro. En el PAN no queda figura relevante (¿Josefina Vázquez Mota, Juan Molinar, quién?) que pueda soñar con una candidatura de peso. El PRD-PT-Convergencia o lo que resulte de esa ensalada, sigue teniendo los activos de Ebrard y López Obrador, pero uno se verá chico en el ranking y el otro será marrulleramente obstruido incluso más de lo que padeció en 2006. El camino luce libre para dos personas, y en el fondo eso fue lo que se dirimió el domingo 5: ya sabemos qué partido se adelanta hacia las elecciones de 2012 y sólo nos falta saber si su candidato es norteñamente bigotón o envaselinadamente copetón. Eso irá quedando claro en unos meses. Ni pex.

domingo, julio 05, 2009

Votar y qué más



No votar es tirar el voto; votar es tirar el voto; anular es tirar el voto. Nunca como ahora habíamos estado colocados en el mismo desfiladero para todas las opciones que tiene un acto tan simple y en apariencia tan decisivo como el de sufragar. La discusión, creo, camina por otro rumbo. Hemos llegado a un entrampamiento en el que no nos queda opción: como el voto está sitiado y ya no garantiza sino más de lo mismo, la misma continuidad putrefacta que tiene al país en cama, agónico, el factor de cambio, si lo hay, no está en el voto en sí mismo, sino en la participación continua del ciudadano, en el acto de sumarse con cierta permanencia a la actividad política, no nada más a la jornada electoral de un domingo cualquiera.
No me engaño: es un sueño guajiro aspirar a un cambio de actitud del ciudadano para que de la queja y la impotencia pase a la acción organizativa. De los partidos a la mexicana y de los políticos a la chichimeca ya nada debemos esperar, sólo la recurrente habilitación de fórmulas de control (“legales”) que los favorezcan. El ciudadano, en cambio, sería la última palanca para fortalecer la esperanza en una verdadera transformación económica y social. Pero, enfatizo, no me engaño: por muchas razones ha sido impuesta la idea de que la participación política colectiva no es necesaria. El neoliberalismo feroz no sólo es, en este sentido, una tendencia económica. Como cualquier proyecto económico, necesitaba una base de pensamiento que sirviera a su propósito fundamental, que es crear riqueza descomunal, inclemente, despiadada contra la sociedad y el medio ambiente, y siempre inequitativamente repartida. Esa base de pensamiento es visible en la masificación de la frivolidad que encarna el mundo del espectáculo, el consumo compulsivo, la irracionalidad del clasismo y todo lo que los medios crean como imágenes inconexas, distractivas y desactivadoras de la irritación masiva. Al final, eso que funciona a la perfección en sociedades como Canadá, Finlandia o Suecia —donde no importa si la gente se desentiende de la política puesto que, además del capital original histórico que permitió su desarrollo, los políticos tienen una noción más estricta del honor y del servicio y por lo tanto cumplen con su trabajo como lo haría cualquier profesional—, en países como México sólo ha provocado que gradualmente nuestros políticos hayan pasado de mal a peor y a pésimo en función de que no ha habido una sociedad que los fiscalice y los castigue, que ponga contrapesos a su proverbial rapacidad. Lejos de eso, los mexicanos hemos sido cada vez más permisivos, más indiferentes ante el hacer de la nuestra clase política. Sabemos que son unos podridos, sabemos que cada vez se pudern más y que ahora es imposible cruzar los pantanos partidistas sin mancharse. Porque, bien mirado, no hay político mexicano actual que no tenga trapitos o trapotes qué esconder, pero exhibidos o no, la composición amafiada del poder, sumada a la indiferencia de los ciudadanos, hace imposible cualquier tipo de sanción incluso en casos terribles de corrupción e/o incompetencia.
México es una pachanga para la casta de politicastros que lo gobiernan. Por eso, mientras el periodismo o el ciudadano común debaten sobre el voto equis o el voto zeta, la partidocracia echa maromas de felicidad, pues sabe que han sido puestos los candados necesarios para que a ellos se les dé, como dicen los empresarios, una dinámica de “ganar ganar”, lo que equivale, esto para la complaciente ciudadanía, a “perder perder”.
La lista de desastres cívicos, solos o combinados, tiene ahora un elemento más: el voto llamado blanco. Poco antes, el poder estaba tranquilo porque la gente no votaba por ignorancia, apatía, miedo, resentimiento, irritación y desorganización. Ahora, el voto más promovido fue el voto que deliberadamente es anulado, lo que, si es alto, tendrá un valor sólo testimonial, y ya sabemos que a los políticos todo reclamo que se quede en el plano del testimonio se hace acreedor a una sabrosa restregada por el arco del triunfo.
Dije hace algunas semanas (en la columna titulada “Cuatro caminos”) que había sólo una posibilidad, un resquicio a este desbarajuste. Lo plantee en el punto cuatro de ese texto: “El voto ‘volado’. Lo llamo así porque es como un volado, un águila o sello. En el panorama político mexicano no hay muchos signos alentadores: todos los actores parecen desgastados, manchados, desahuciados. Elegir es, casi casi, jugar a la ruleta rusa con seis balas en el tambor, y no por nada han cobrado tanta fuerza la abstención y la anulación. Creo, sin embargo, que la ruleta rusa puede contener una bala de salva. Yo sé cuál puede ser (nótese que el “puede” enfatiza lo hipotético del argumento), pero sólo lo pienso y no lo digo. Es la opción que, por sus errores y por la hostilidad que históricamente ha padecido, no ha podido nunca colocarse en un plano de decisión realmente importante, salvo en un caso. Esa opción no garantiza nada, pero creo que merece al menos un voto de confianza por no haber sucumbido ante los hachazos del poder. Nomás por eso conjeturo que no ha de ser la peor opción, y votaré por ella”.
Un buen lector, Armando Moncada, me dijo en una carta (4-6-09): “Lo que llamas voto volado y presentas medio de perfil, medio misterioso, podría hasta ser interpretado errónea cuanto literalmente como un ‘águila o sol’ o un ‘de tin-marín’ frente a la b'oleta, lo que sería igualmente irresponsable que la abstención. Francamente no lo creo posible en un ciudadano pensante como tú, y volveré a ello al final del texto. Aunque debo reconocer con el mayor comedimiento y respeto el derecho de cada cual a mantener en secreto su preferencia electoral (…) Debo aclarar que ni conozco a los candidatos del [xx] y [xx], ni me interesan, ni estoy afiliado a ninguno, pero que el voto en favor de estos partidos representa la alternativa menos peor, pensando en lo negro que se observa en el horizonte político y social y lo que nos espera en el 2012. No hay más mulas p’al arado que las que están en el corral y que, aunque flacas y pasmadas, peor se pondrá la cosa si éstas se nos mueren o se nos pierden. ¿Era a esto a lo que te referías con lo del voto volado? Hombre, si así fuera, yo le hubiera llamado mejor ‘voto embozado’ o ‘voto pudibundo’ y santas pascuas, no hubiese habido fijón”. Pues sí, era eso a lo que me refería. A votar por unos no con un volado, sino con la remota esperanza (he allí el águila o sol) de que rompan con la inercia predadora de nuestros polacos.
Pero enfatizo: las elecciones han sido rebasadas. Mientras el ciudadano no dé un extra, todo lo que digamos sobre el voto será palabra estéril.

sábado, julio 04, 2009

Golpe a golpe



La asonada en Honduras parece una mera anécdota en la historia de América Latina, pero no es para tomarse a la ligera o verla de reojo, como si aquella no fuera más que una zarzuela centroamericana de la cual nos podemos desentender así nomás. La historia de nuestro continente cultural fue plagada durante dos siglos casi enteros, el XIX y XX, por la mala suerte de sufrir, sistemáticamente, golpes castrenses que de la noche a la mañana, sin metáfora en este caso, se hacían del poder a punta de bayoneta y sangre. Esa tentación, por lo visto, no ha dejado de estar allí.
Un chiste ilustra la catadura de los militares llegados a la cima de la política por medio de las armas. Por eso aguas. Aquellos milicos, como los cocodrilos, no se andan con mamadas, así que más vale leer esta historia como parábola bíblica. Va pues. Se cuenta que un grupo de generales se reúne en la clandestinidad para acordar un albazo contra el generalote que durante décadas ha controlado las autocráticas riendas de cierto país. Los militares debaten, cuestionan, se animan, se desaniman, se engallan. Luego de varias horas, entre el humo de los cigarrillos y el amargor del café quemado, todos por fin coinciden en sacar a la tropa muy temprano, a las cinco de la mañana (de allí la palabra albazo), para asumir el control de la nación y destituir (si se puede hasta matar) al sátrapa. La reunión se deshace, todos salen con cuidado hacia sus puestos, y uno de ellos, el general Martínez, quien por cierto será el personaje al que seguiremos, va a su casa. Desde el principio, aunque actuó bien para que no se notara su vacilación, pensó que eliminar al comandante supremo iba a estar del maldito carajo, y que, si la operación fallaba, todos los militares insubordinados desfilarían, sin juicio ni nada, frente a gatilleros que gustosos harían fuego en algún descampado de la selva. La duda lo engullía. Eran las once de la noche, la víspera del golpe. Martínez tenía sueño, pero no podía dormir. A las doce con treinta comenzó a resquebrajarse su seguridad; pensó en vestirse de inmediato para ir al palacio del supremo general y delatar a los golpistas. La duda lo detuvo. ¿Y si lograban su propósito? Al final de cuentas, todos habían jurado lealtad al proyecto, por el bien de la patria. Pasó otras dos horas despierto, inquieto, fumando en un patio interior, concentrado en el futuro inmediato. Eran las dos y treinta de la madrugada cuando, decidido, fue a tomar la llave de su coche: iría a palacio para denunciar a los traidores y salvar así su pellejo. Ya en el coche, antes de encenderlo, recordó los rostros de sus colegas: en todos vio el gesto del arrojo, de la certeza, del odio al criminal que se había enquistado en el poder. Martínez permaneció así, quieto, nervioso, sudando, sin encender el coche. Sacó un cigarrillo y comenzó a fumar en la oscuridad de su garage. En ese preciso momento se estaba jugando su futuro, un águila o sol del que dependía su vida y las de todos sus familiares. Seis, siete, tal vez ocho cigarrillos más pasaron volando dentro del coche. Vio su reloj. Faltaban quince minutos para las cinco, y calculó que podía estar en las puertas de palacio en poco menos de diez minutos. Encendió el coche, y aceleró. Frenó frente al enorme enrejado de la entrada central. Unos guardias se aproximaron y, al identificarlo, le permitieron el paso sin mayores trámites. Faltaban cinco minutos para las cinco. Un ama de llaves le permitió llegar sin problemas a la recámara del supremo general, quien aguardaba plácido, fumando y con bata de dormir. De inmediato, Martínez le comunicó la nueva:
—Señor comandante, he asistido como supuesto aliado a reuniones tramadas para derrocarlo hoy a las cinco de la mañana. Yo soy leal a su persona y a la patria, así que vengo a que tome providencias.
—Caray, Martínez. Nada más faltaba usted para venir a denunciar ese asqueroso plan. Ya me estaba decepcionando.

viernes, julio 03, 2009

Policiales de Fernando Fabio



Si no es sólo una casualidad, ignoro la razón precisa por la que de unos años a la fecha La Laguna ha construido un lote ya atendible de ficciones policiales. A Cuatro crímenes norteños, de Paco Amparán; a Partitura para mujer muerta, de Vicente Alfonso; a Leyenda Morgan, de mi autoría, viene a sumarse De la escritura a la evidencia, siete historias (pseudo) policiales, de Fernando Fabio Sánchez, libro publicado bajo el sello editorial de la UAdeC en la segunda serie Siglo XXI-Escritores coahuilenses. Se trata, en todo caso, de una obra cuya publicación, como suele suceder en nuestro modorro entorno, fue largamente pospuesta. Leí su original enargollado, si no recuerdo mal, hace más de cinco años, pero es hasta este 2009 cuando su autor ha podido verlo impreso y en circulación.
Prologado por Ignacio Corona, profesor de la Ohio State University, De la escritura a la evidencia oscila entre la historia policial cruda y el laborioso y cerebral despejamiento de los misterios planteados como ingeniosa incógnita en el arranque de cada relato. En este sentido, es un libro colocado a caballo entre las dos grandes tradiciones del género: la sobria, cuadriculada y a veces hasta estetizante manera inglesa, y la ruda, violenta y siempre viscosa escuela norteamericana del hard boiled.
Esta especie de hibridismo es entendible si nos asomamos, creo, a la formación académica del autor y a su primera experiencia laboral. Nacido en Torreón, en 1973, Fernando Fabio Sánchez estudió comunicación en el antiguo Iscytac, donde por cierto inauguró sus andanzas literarias. Recién egresado consiguió chamba como reportero de policiales, lo que para él significó, de golpe, sumar a su inquietud de escritor un contacto con casos violentos de la vida real. Poco después se dio su salida de La Laguna, de México, y su radicación en el estado de California, de donde partió a Boulder, Colorado, para estudiar su maestría y allí mismo el doctorado, que concluyó con éxito para luego instalarse como profesor en la Universidad de Portland.
A grandes zancadas he resumido el pasado que explica este libro: por un lado está el escritor, el académico, y por el otro el incipiente reportero que traba relación con sucesos que luego, trasformados por el tiempo y la imaginación, devinieron embriones de historias policiales, esas mismas historias que pasados los años fueron madurando para formar De la escritura a la evidencia, libro que, como ya dije, leí en borrador hace más de cinco años y que desde entonces me mostró esas dos caras de la narrativa que sabe hacer Fernando Fabio: por un lado, el ingrediente sanguinolento, el Mal reptando en cada página, y, por el otro, un gusto fijo por poblar cada cuento con libros, manuscritos, fotografías, periódicos, es decir, con referentes literarios.
Ignacio Corona ha dicho bien que “La colección de historias De la escritura a la evidencia: siete historias (pseudo) policiales (…) ofrece un escenario para la creación de significados y la reflexión del crimen en la sociedad contemporánea. En tramas urdidas en espacios no tradicionales para el género se encuentran alusiones y referencias textuales a un inventario actual de la nota roja: los feminicidios, el tráfico de órganos, el narcotráfico, los asesinatos de ancianos, los vídeos snuff, etc. Pero no por ello se trata de un libro que atosigue al lector mediante la denuncia o el peso de la factualidad de las microhistorias que pululan en los medios…”. En efecto, las anécdotas son casi lo de menos; en las historias de este libro hay una especie de sustrato cuya complejidad desea aproximarnos a la infinita trama de relaciones humanas en estado de descomposición, esto como reflexión sobre los abismos que separan a la sociedad visible de lo que soterrada y verdaderamente es: un catálogo de almas en bancarrota, inmorales, movidas por la perversidad y sus afines. (Texto leído ayer en el Teatro Nazas; participamos el autor, Gerardo García Muñoz —quien hoy cumple el tostón— y yo).

jueves, julio 02, 2009

Tres muertes



El ajetreo literario de los días recientes, una suma de pequeñeces que de todos modos me ha sacado de la monocromía habitual, no me permitió ver con atención las muertes de Michael Jackson y de Farrah Fawcett, a las que se sumó, ayer, la del boxeador Alexis Argüello. Más allá de que parezca una frivolidad, el hecho de que caigan tres de tal tamaño casi al hilo y de una edad más o menos similar me indica que, en efecto, aunque no lo parezca, el tiempo vuela y, como dice Milanés, nos vamos poniendo viejos.
Una mala broma era recurrente cuando, con escándalo, se iban los famosos en fila: “Se están muriendo personas que antes no se morían”. Pues sí, morir es una costumbre, dice Borges, “que sabe tener la gente”. Pero al parecer se nos olvida y, por la rutina y porque la cabeza no suele estar en eso, perdemos de vista que nos vamos poniendo viejos a una velocidad increíble, como si el calendario tuviera turbo.
Qué cerca nos parece a los cuarentones, por ejemplo, la época en la que Jackson hacía las delicias del televidente con sus videoclips naivísimos, con su baile robótico y con aquella muy frecuente transformación de características físicas que lo llevó de la simpática negritud infantil a una blancura de geisha y un gesto de muñeco plástico, tan feo o más que Alfredo Palacios. Nunca oí con atención sus canciones, pues no me gustan ni en lo mínimo, pero sé aceptar que dejó marcas en la generación juvenil a la que pertenecí, que cuando fui joven allí andaba Michael en las fiestas, en los estéreos, en los televisores de mis contemporáneos. Y es muy extraño: alejado como siempre estuve de ese producto, al oírlo ahora en innumerables programas siento una especie de silenciosa nostalgia, pues el ex negrito bailarín me remite a todo un proustiano tiempo perdido, a una etapa de mi vida lagunera en la que estaba decidiendo ser lo todavía quiero ser.
Igual pasa con Farrah. Nunca me cuadró del todo, pues siempre me pareció una rubia un tanto ósea, medio equina. Son simples gustos, no más. De Los ángeles de Charlie, la verdadera diosa era (es todavía) Jaclyn Smith, una trigueña espectacular y hasta con un cierto aire latino. Pero los ángeles eran los ángeles, y cuando uno pasó ya, por mucho, la inocente edad de la chaquira, no se olvida fácilmente de todas las mujeres que se convirtieron en inspiratrices de adolescentes y solitarias sesiones de autoayuda.
Por último, ayer murió uno de mis más grandes y admirados iconos deportivos: Alexis Argüello. Al parecer, se pegó un balazo en el pecho. Era alcalde de Managua. Durante muchos años fue para mí el boxeador perfecto, y aquí confieso que me gustaba y me sigue gustando, como aficionado nomás, el deporte de las narices chatas y las orejas de etcétera. Argüello fue poseedor de dos virtudes boxísticas difícilmente hallables en un pugilista: una pegada de dinamita y una clase de gentleman. Bastaba verlo unos segundos sobre el cuadrilátero para confirmar que la elegancia de sus desplazamientos apenas podía insinuar a un pegador brutal, a un noqueador que terminaba peleas con un solo disparo fulminante. Sé que siempre fue un hombre recto, y aunque en México pudo ser odiado porque venció a nuestro Púas Olivares, el nicaragüense me trasmitió siempre la imagen de deportista inteligente y caballeroso. Entre muchos otros, en You Tube hay un video donde se nota de qué material era el tremendo Alexis: derrumba de un derechazo a su rival, quien queda tendido en la lona, ido. En vez de celebrar, como lo hacen todos, el bombardero nica se dirige de inmediato hacia su oponente y pregunta por su integridad. Fue un deportista impresionante.
Así, con estas tres estampas, me cae de nuevo el veinte: el tiempo va minando y hay que terminar lo pendiente. Luego de los cincuenta, nada está seguro. Más vale reorganizarse bien.